Principal
Arriba

Coleção Eduardo Galvão - Museu Goeldi

Ticunas brasileros, colombianos y peruanos: Etnicidad y nacionalidad en la región de fronteras del alto Amazonas/ Solimões

 
Tesis de Doctorado ante Centro de Pesquisa e Pós-graduação sobre América Latina e Caribe -CEPPAC de la Universidad de Brasília - UnB.

por Claudia Leonor López Garcés

 Capítulo 6.

Etnicidad y nacionalidad en regiones de fronteras

Índice de este Capítulo

Etnicidad y nacionalidad en regiones de fronteras

6.1.         Los procesos de construcción de los Estados-nación frente a los pueblos indígenas de América Latina

6.2.         Identidad étnica Ticuna e identidades nacionales en la frontera entre Brasil, Colombia y Perú.

6.3.         Apuntes para una antropología en fronteras

6.3.1.       ¿Antropología de o en fronteras?

6.3.2.       Estudios latinoamericanos sobre identidades en fronteras

 

 

Etnicidad y nacionalidad en regiones de fronteras

                En América Latina, los aspectos inherentes a las relaciones entre identidades étnicas y nacionales se enmarcan en el contexto de los procesos de construcción de los Estados-nación iniciados en el siglo XIX. A pesar de que se trataba de crear nuevas estructuras organizativas, los Estados nacionales se consolidaron sobre relaciones sociales y económicas provenientes del período colonial, en las cuales los grupos indígenas continuaron siendo dominados y excluidos de sus derechos fundamentales como pueblos diferenciados.               

                Los procesos de formación de fronteras políticas son resultantes de los mecanismos de consolidación de los Estados-nación, los cuales tenían dos objetivos claramente definidos: 1- establecer los límites geo-políticos de las naciones pos-coloniales, 2- sentar presencia con el fin de garatizar la soberanía nacional y, al mismo tiempo, incentivar programas de "nacionalización" de los pueblos indígenas asentados en las regiones de fronteras.

                Con base en el análisis de la situación vivida por los Ticuna en la región de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú y la de otros grupos indígenas asentados en diversas regiones fronterizas entre países de América del Sur, se consideran algunas cuestiones teorico-metodológicas que contribuyan a plantear la posibilidad de una antropología en fronteras.  

6.1.         Los procesos de construcción de los Estados-nación frente a los pueblos indígenas de América Latina

                Los procesos de construcción de los Estados-nación latinoamericanos, que en su mayor parte se inician durante la primera mitad del siglo XIX, a partir de los procesos independentistas liderados por élites criollas en contra de los regímenes coloniales establecidos por España y Portugal, se constituyen en el marco histórico-cultural en el que se desenvuelven los nacionalismos como expresiones identitarias del mundo moderno. Según Benedict Anderson (1993: 76), sólo a excepción de Brasil, que se constituye como república a fines del siglo XIX, las nuevas entidades políticas originadas a partir de los procesos independentistas se definen conscientemente como Estados-nación. Las fronteras políticas son el resultado de los procesos de construcción de los Estados-nación, como entidades políticas post-coloniales consolidadas sobre la base ideológica de crear naciones poblacional y culturalmente homogéneas, sustentadas sobre los valores culturales de la "civilización" y el "progreso" económico y científico.

                Los Estados-nación latinoamericanos se estructuraron sobre las bases territoriales definidas durante los regímenes coloniales. Sin embargo, sólo llegarían a definirse geo-políticamente con los procesos de configuración de las fronteras nacionales que significaron no sólo negociaciones diplomáticas, sino también encarnizadas guerras entre dos o más nuevos Estados[73]. Cabe resaltar que estos conflictos y enfrentamientos bélicos no sólo son acontecimientos del pasado, en la última década presenciamos el conflicto entre Perú y Ecuador, en 1995, por la definición de sus fronteras amazónicas, además de los antagonismos entre Venezula y Guiana Inglesa y entre Colombia y Nicaragua por la posesión de las islas de San Andrés, en el Caribe.

                Las fronteras se perfilan como espacios sociales construidos con el fin de delimitar geo-políticamente los Estados nacionales, pero también para dotar de contenidos sociales y simbólicos las entidades políticas que representan. Además de sus funciones estratégicas como limite territorial y para el establecimiento de la soberanía del Estado como aparato político, en los escenarios de frontera se concretizan los esfuerzos por dar contenido cultural a las identidades nacionales. En las fronteras es dónde se percibe cómo se construyen, se legitiman y difunden las identidades nacionales.

                Para muchos pueblos indígenas que sobrevivieron a la violencia del expansionismo europeo, los procesos de construcción de los Estado-nación latinoamericanos significaron el comienzo de más agudas y violentas arremetidas jurídico-políticas e ideológicas en contra de estos pueblos. Dichos procesos se fundamentaron en un andamiaje ideológico construido por las élites nacionales que, desde su visión puramente etnocéntrica, propugnaba por la formación de una población nacional unificada en torno a los valores culturales provenientes del legado europeo: los idiomas español y portugués, la religión católica y las políticas de "integración" cultural, mestizaje racial, cuando no de exterminio físico, de gran parte de la población indígena.

                 Con los procesos de consolidación de las fronteras nacionales los pueblos indígenas asentados en estos espacios sociales, como es el caso de los Ticuna, se vieron enfrentados a las políticas de ocupación de sus territorios por parte de los agentes (militares, misioneros, comerciantes, educadores, burócratas) encargados por los diferentes Estados para sentar presencia con el fin de salvaguardar la soberanía nacional y construir sentidos de pertenencia a las nuevas identidades nacionales entre la población indígena y no indígena asentada en las regiones fronterizas.

                Los procesos de formación de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú significaron la consolidación de la presencia estatal en una región que hasta entonces había estado por fuera de los intereses económicos y políticos, específicamente por parte del régimen colonial español, en contraste con la sólida presencia militar que desde los albores del proceso expansionista sentaron los luso-brasileros en esta región. Las actividades tendientes a incentivar sentimientos nacionalistas entre la población indígena se debieron a los esfuerzos de diferentes sectores sociales en cada uno de los contextos nacionales: en el Brasil, fueron los militares los encargados de "brasilerizar" a los indígenas, tarea de la que se encargaría el Serviço de Proteção aos Indios (S.P.I.), como órgano indigenista estatal que se consolidó a partir de las acciones de pacificación de los indios a cargo del Mariscal Rondon. En Colombia el Estado encargó a las misiones católicas la tarea de "colombianizar" a los indígenas asentados en las fronteras a través de la educación y la catequización.

                El análisis de los procesos históricos de formación de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú, permite entender que las identidades nacionales y los nacionalismos, son resultado de los procesos de construcción de los Estados-nación como entidades políticas modernas. En este sentido son válidos los postulados de Gellner (1983) y Hobsbawm (1992) cuando arguyen que sólo a partir de la formación de los Estados-nación, las naciones y los nacionalismos llegan a existir.

                Las teorías sociales que relacionan la existencia de las naciones y los nacionalismos a los procesos de construcción de los Estados-nación modernos han sido objeto de críticas por parte de autores como Manuel Castells (1999: 45), para quien "tanto los nacionalismos como las naciones tienen vida propia, independientemente de la condición de Estado". Castells afirma sus puntos de vista con base en los diferentes movimientos nacionalistas de este final de milenio, hechos que según el autor están íntimamente asociados al debilitamiento de los Estados-nación, haciendo especial referencia al caso de las naciones que conformaban la extinta Unión Soviética (Ibid. 49 y ss).

                Autores pertenecientes al Círculo de Estudios Subalternos comprometidos con los procesos nacionalistas anti-coloniales en los países asiáticos y africanos que adquirieron su independencia em la segunda mitad del siglo XX, son críticos frente a las posiciones teóricas que relacionan los nacionalismos a la consolidación de los Estados- nación y al republicanismo. Chatterjee (2000: 229) critica el enfoque de Anderson (1993) aduciendo que si Europa y América proporcionaron un “modelo” a los nacionalismos del mundo, las experiencias nacionalistas post-coloniales estarían condenadas a ser “perpetuas consumidoras de modernidad”. En otras palabras, los autores reivindican el carácter contrahegemónico de los procesos nacionalistas contemporáneos como fuerza fundamental que no puede reducirse al carácter “imaginado” del concepto de Anderson.

                Si bien las críticas de Castells y Chatterjee son pertinentes para en el análisis de los procesos nacionalistas contemporáneos, sin embargo, si se consideran los procesos históricos que condujeron a la formación de identidades nacionales en el contexto latinoamericano, y con base en los datos históricos y etnográficos sobre los procesos de imposición de las diferentes identidades nacionales entre los indígenas Ticuna, podemos concluir que éstas se consolidadaron a raiz de los esfuerzos de los diferentes Estados nacionales por instaurar una presencia efectiva que garatizara la salvaguardia de la soberanía nacional y que produjera sentimientos de pertenencia al nuevo orden societal entre los grupos indígenas.

                Desde esta perspectiva se entiende porqué a partir de los procesos de consolidación de los Estados-nación latinoamericanos, los pueblos indígenas fueron objeto de intensas y contundentes políticas tendientes a "nacionalizarlos", es decir, a incentivar cambios socio-culturales de tal manera que se acoplaran a la idea de cultura nacional que pretendían forjar las élites comprometidas en estos poyectos. Para lograrlo era necesario, en primer lugar, incentivar entre los pueblos indígenas los idiomas oficiales a través de la educación escolarizada, así como también inculcar los símbolos nacionales y sentimientos de "amor por la patria".

                 Los procesos de "nacionalización" a los que fueron sometidos los indígenas que quedaron esparcidos como "minorías étnicas" o "pueblos huéspedes" en los diversos países latinoamericanos tenían como objetivo final lograr su completa "integración" al estilo de vida "civilizado" como valor cultural sobre el que se construyen las nuevas naciones. En el Perú, desde 1821, se decretó a los indios "hijos y ciudadanos del Perú" (Anderson 1993:80), y a finales de los años sesenta del siglo XX las políticas populistas del gobierno militar de Velasco Alvarado convirtieron por decreto a los indígenas andinos en "campesinos", con lo qual se invisibiliza su identidad étnica.

                En diversas repúblicas de América Latina los proyectos nacionalistas intentaron abolir las disposiciones jurídicas coloniales que estipulaban la propiedad colectiva de las tierras indígenas. Esto explica por qué en Colombia algunos pueblos indígenas de la región andina se opusieron ferozmente al proyecto independentista de las élites criollas y se declararon a favor de la causa realista. Las palabras de Pedro Fermín de Vargas, a principios del siglo XIX, son un claro ejemplo de los fundamentos "integracionistas" en los que se basaba el proyecto nacionalista colombiano: "...sería muy conveniente que se extinguieran los indios, mezclándolos con los blancos, declarándolos libres de tributo y otros cargos, y otorgándoles la propiedad privada de la tierra" (Apud. Anderson 1993: 32).

                Acontecimientos similares sucedieron en Brasil donde a pesar de que la esclavitud indígena fue abolida por el Directorio de Pombal en la segunda mitad del siglo XVIII, resurge en el siglo XIX al instaurarse nuevamente la llamada "guerra justa" como estrategia para declarar "devolutas" las tierras ocupadas por pueblos indígenas. Estas disposiciones dieron vía libre al establecimiento de colonos y "fazendeiros" en las tierras "devolutas", a cambio de que proporcionaran "instrucción" a los indígenas en el trabajo agrícola (Cunha 1992: 142). De esta menera se legitimó la expoliación de las tierras y el uso indiscriminado de mano de obra indígena por parte de los “blancos”.

                En Argentina, el proceso de construcción del Estado-nación se fundamentó en un proyecto político que incentivó la aniquilación física de alrededor de dos millones de indígenas en la llamada "Conquista del Desierto", a fines del siglo XIX, con el objetivo "recuperar" las tierras de la Patagonia y el Chaco ocupadas por pueblos indígenas, para poblarlas con inmigrantes europeos traídos con el propósito de hacer de la Argentina un país de "blancos".

                 Los procesos de construcción de los Estados-nación latinoamericanos son el resultado de las luchas por su independencia política frente a las metrópolis europeas, pero sin renunciar al legado cultural que ellas les dejaron. Los Estados-nación reprodujeron las relaciones sociales y políticas del período colonial y se fundamentaron en valores culturales que propugnaban por la unificación de la población en torno a los idiomas de origen europeo, la propiedad privada y la moral cristiana, como valuartes de la cultura occidental.

                Construidos sobre estos valores, en los proyectos políticos nacionales no podían tener cabida los pueblos indígenas sino en la medida en que fueran "integrados" al estilo de vida nacional que se pretendía forjar, es decir, cuando fueran instruidos en los idiomas oficiales, catequisados en el cristianismo y demostraran sentimientos de amor por la patria a través del respeto a los símbolos nacionales. Los indios así "integrados", entraron a formar parte de la sociedad nacional como "minorías étnicas" que, según se esperaba, poco a poco irían desapareciendo o irían asumiendo los patrones culturales nacionales para hacer parte de las camadas más pobres de la sociedad nacional.

                Todas estas disposiciones jurídico-políticas e ideológicas sobre las cuales se construyeron los Estados-nación, contribuyeron a fragilizar la situación vivida por los pueblos indígenas en América Latina, muchos de los cuales llegaron a ser casi totalmente exterminados como en el caso de los grupos indígenas de Argentina, en tanto que otros se vieron abocados a fuertes procesos de campesinización pasando a formar parte de la población rural, con lo cual se invisibiliza su condición étnica.

                Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de las políticas de los Estados-nación por integrar los pueblos indígenas al estilo de vida nacional, buena parte de éstos continuaron recreando sus propios valores culturales y reapropiándose simbólica y políticamente de los elementos provenientes de las culturas nacionales con el fin de fortalecer sus identidades étnicas. En efecto, los grupos indígenas generaron estrategias de resistencia cultural con base en la resignificación, en favor de sus propios intereses, de los nuevos procesos históricos y culturales a los que se vieron enfrentados, tal cómo han logrado hacer los Ticuna frente al establecimiento de fronteras nacionales en su territorio y frente a las diversas políticas indigenistas promulgadas por los tres Estados-nación que convergen en la región fronteriza.

                Una vez consolidados los Estados-nación, los pueblos indígenas de América Latina entraron a formar parte de las diferentes sociedades nacionales como sectores minoritarios de población en países como Brasil, Argentina, Costa Rica, Colombia y Venezuela, donde el porcentaje de población indígena varia entre 0,2 y 2% del total de población nacional; en Paraguay, Nicaragua, Panamá, El Salvador, Chile y Honduras la población indígena es mayor, variando entre 3 y 15%; en México, Ecuador, Perú, Guatemala y Bolivia, el porcentaje de población indígena varia entre 30 y 70% del total nacional, constituyendo mayorias poblacionales que continuan siendo consideradas como minorias sociales. En todos los casos, los pueblos indígenas aún existentes han logrado mantenerse como parte de las poblaciones nacionales pero en evidentes condiciones de subalternidad y dominación.

                En América Latina, la cuestión étnica no puede ser comprendida por fuera del contexto histórico de los procesos de construcción de los Estados-nación como entidades hegemónicas fundamentadas en sistemas jurídico-politicos que sólo en la última década,  y debido a los árduos procesos de lucha de las organizaciones indígenas, propenden por el reconocimiento de la diversidad étnica y los derechos fundamentales de los pueblos indígenas. Ojalá sea el comienzo de nuevos procesos históricos y culturales en los que, apropiándonos de las palabras de Gabriel García Márquez, esperamos que "las estirpes condenadas a cien [500] años de soledad tengan de una vez y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra".

6.2.         Identidad étnica Ticuna e identidades nacionales en la frontera entre Brasil, Colombia y Perú.

                Por el hecho de haber sido construidas sobre territorios previamente ocupados y semantizados por pueblos indígenas, algunos de los cuales hoy en día perviven en sus territorios,  las regiones de fronteras políticas entre diferentes Estados de América Latina constituyen espacios sociales privilegiados para analizar la intersección de identidades étnicas y nacionales.

                En efecto, las dinámicas de intersección de identidades étnicas y nacionales, es decir, la simultánea coexistencia pacífica y/o conflictiva de sentimientos de pertenencia y adscripción a grupos étnicos e nacionalidades diferentes, son fenómenos identitarios característicos de los escenarios de fronteras entre países, pues es en estas regiones donde los Estados-nación concentran los esfuerzos materiales y simbólicos por sentar presencia con el fin de consolidar sentimientos de pertenencia a la nación que representan entre una población  generalmente caracterizada por el alto grado de diversidad étnica y cultural.

                El análisis comparativo de los procesos de formación de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú, permite entender cómo los Estados-nación generaron diferentes estrategias tendientes a la nacionalización de la población indígena que desde tiempos precoloniales habitaba en dicha región. De esta manera, los Estados nacionales realizan esfuerzos por incentivar entre los pueblos indígenas sentidos de pertenencia a las diferentes culturas nacionales  a través de estrategias como la fuerte presencia militar y la creación de "postos indígenas" en Brasil; la educación escolarizada y la evangelización por parte de la iglesia católica en Colombia.

                Los pueblos indígenas allí establecidos se vieron abocados a diferentes procesos de incorporación de identidades nacionales que evidentemente han contribuído a generar transformaciones socio-culturales entre ellos. Los procesos de formación de fronteras y de plurinacionalización que debieron afrontar los Ticuna, contribuyeron a generar nuevos contenidos socio-culturales expresados en sus prácticas y representaciones sociales, es decir, a través de los saberes míticos, la semantización del territorio, las representaciones sobre los Otros y las distinciones intraétnicas establecidas con base en las diferentes nacionalidades.

                En efecto, los procesos de formación de fronteras  provocaron otras dinámicas de ocupación territorial contribuyendo a incrementar la mobilidad socio-espacial de la población indígena, ya sea para escapar de las situaciones socio-económicas y políticas menos favorables y/o para buscar mejores condiciones de vida en determinado contexto nacional. Esto explica los desplazamientos masivos de población Ticuna del territorio brasilero hacia el peruano a finales del siglo XIX, a causa de las difíciles condiciones que debían afrontar los pueblos indígenas del alto Solimões bajo el dominio de los patrones seringalistas durante el régimen de explotación cauchera, así como también se produjeron migraciones masivas en sentido contrario durante la época del conflicto colombo-peruano, en los años treinta del siglo XX. 

                 Si la diversificación cultural intraétnica hasta entonces se daba en términos de las poblaciones ribereñas y las asentadas en las regiones interfluviales, a partir de los procesos de formación de fronteras y de interiorización de culturas nacionales, los pueblos indígenas comienzan a establecer distinciones intraétnicas basadas en los rasgos culturales nacionales, lo cual condujo a incrementar el nivel de diversidad cultural entre los Ticuna.

                Estos procesos inherentes a las dinámicas de transformación socio-cultural que sufren los grupos humanos en contacto, están mediados por las relaciones de poder establecidas en términos de las relaciones de dominación que unos grupos ejercen sobre otros. En este sentido, optamos por una perspectiva teórica que destaque los aspectos organizacionales y políticos de los procesos de contacto interétnico, tal como se establece desde las posiciones de carácter sociológico surgidas en los años sesenta que ofrecen explicaciones sobre los fenómenos étnicos (Cardoso de Oliveira 1964; Barth 1969).

                Estos enfoques teóricos destacan el carácter conflictivo y competitivo (Cardoso de Oliveira 1996: 174) que caracterizan los procesos de contacto interétnico en esta región. Así como también proporcionan herramientas para entender -siguiendo los lineamientos teóricos de Barth (1978: 12-15)- cómo la identidad étnica de los Ticuna se mantiene a pesar de que los rasgos culturales hayan sufrido transformaciones.

                En efecto, a pesar de los violentos procesos de transformación socio-cultural a los que se vieron sometidos los Ticuna desde el siglo XVI con la invasión europea, siendo obligados al aprendizaje de las lenguas de los colonizadores, a la catequización en el cristianismo y la supresión de algunos de sus principales rasgos culturales como el idioma nativo, la fiesta de la Pelazón / Moça Nova, el uso de indumentaria externa; sin embargo, los Ticuna hoy en día expresan su sentido de identidad étnica no sólo a través de la vigencia e incluso revitalización de estos rasgos culturales que trecientos años de represión no han logrado acabar, sino también a través de los recientes procesos de politización de su identidad y del surgimiento de las diferentes organizaciones políticas supralocales en cada uno de los contextos nacionales en el último cuarto del siglo XX. Estas organizaciones políticas (GCTT, FOCCITT, ACITAM, FECOTYBA), propenden por la búsqueda de mejores condiciones de vida a través de un proyecto de unificación transfronteriza, pese al fuerte faccionalismo observable en las relaciones intraétnicas, como se constata hoy en día entre las organizaciones políticas de los Ticuna en el Brasil.

                Al analizar el caso Ticuna, los datos etnográficos no permiten hablar en términos de "pérdida de rasgos culturales originales", sino de procesos de transformación de contenidos culturales a partir de las dinámicas de contacto interétnico. Ejemplos concretos de estos procesos son las nuevas versiones de las narrativas míticas en las cuales se incorporan elementos simbólicos relativos al establecimiento de fronteras, al reconocimiento de las diferentes identidades nacionales y a la generación de diferenciaciones intraétnicas. En consecuencia, a pesar de que los contenidos culturales sufran transformaciones de acuerdo con los procesos históricos, los fundamentos simbólicos que proporcionan sentidos de vida y razón de ser a los Ticuna permanecen vigentes. Esto explica por qué a pesar de los violentos procesos de contacto interétnico y de dominación socio-cultural vividos durante más de tres siglos, hoy en día los Ticuna exhiben rasgos culturales primordiales tales como su propio idioma, el sistema clánico de organización social, las narrativas míticas y la fiesta de la pelazón / Moça Nova, como elementos inherentes de su identidad étnica.

                El concepto de "cultura de resistencia" (Miguel Bartolomé Cf. 1996)[74], es decir, “las luchas en favor del mantenimiento de referentes culturales asumidos como fundamentales en un momento dado del proceso histórico”, permite comprender por qué buena parte de los pueblos indígenas de América Latina, a pesar de los violentos procesos de dominación ejercidos por los agentes colonizadores en diversas épocas de su historia de contacto, han logrado resistir a los influjos de la colonización a través de la reproducción de sus referentes culturales, lo que les ha permitido continuar existiendo como grupos étnicos diferenciados.

                Aplicado al caso Ticuna, este concepto permite analizar las diferentes actitudes de resistencia ejercidas frente a los diversos agentes colonizadores en toda su historia de contacto interétnico. La "cultura de resistencia" Ticuna se expresa en estrategias como la exo-invisibilización, la apatía frente a las actitudes autoritarias de los diversos agentes colonizadores, los desplazamientos masivos hacia otros contextos nacionales para escapar de las difíciles condiciones en situaciones históricas específicas como el "regime do barracão" en el Brasil y el conflicto colombo-peruano, y hoy en día, a través de la instrumentalización de las diferentes nacionalidades como estrategia para buscar mejores condiciones de vida en los diversos contextos nacionales, pero también a través de los procesos de organización política que los Ticuna comienzan a desarrollar en los años ochenta, y a partir de los cuales vienen abriendo espacios de reflexión y participación desde donde hoy se proyectan como actores políticos que propenden por el mejoramiento de sus condiciones de vida, el afianzamiento de su cultura y el fortalecimiento de su autonomía.  

                Esta "cultura de resistencia" también se manifiesta en contenidos culturales más sutiles tales como la pervivencia simbólica de la fiesta de la "Moça Nova" en contextos donde la influencia de movimientos religiosos prohibe la realización de este ritual. En el mismo sentido pueden ser consideradas las diferentes interpretaciones que los Ticuna han hecho de los procesos históricos de formación de fronteras y de implantación de culturas nacionales, situaciones hoy expresadas en las nuevas versiones de las narraciones míticas y en las representaciones sobre la alteridad intra e interétnica.

                La "cultura de resistencia", constituida por el conjunto de estrategias socio-culturales que les ha permitido continuar reproduciendo su sociedad y sus sentidos de vida, constituye uno de los factores que han contribuido al fortalecimiento y afirmación étnica de los Ticuna. Esta "cultura de resistencia", unida a los procesos de movilización  política generados en las últimas tres décadas con la creación de organizaciones indígenas supralocales, son los elementos sócio-culturales y políticos a través de los cuales los Ticuna continuan produciendo sociedad y cultura en esta región de fronteras.

Considerando estos aspectos etnográficos sobre la intersección entre la identidad étnica Ticuna y las nacionalidades brasilera, colombiana y peruana,  se concluye que:

                A pesar de los esfuerzos de los diferentes Estados-nación por "integrarlos" al estilo de vida nacional, los Ticuna continuaron recreando su sociedad y cultura a través de la puesta en práctica de las estrategias de resistencia que les han permitido proyectarse de acuerdo con sus sentidos de vida.

                Con el establecimiento de las fronteras políticas entre los tres países se consolidan las identidades nacionales respectivas inculcadas también entre los Ticuna y con base en las cuales hoy establecen distinciones intraétnicas, sin que estos procesos signifiquen el resquebrajamiento de su sentido de identidad étnica.

                Los datos etnográficos demuestran que los Ticuna han logrado instrumentalizar las diferentes identidades nacionales en su propio beneficio, de tal manera que co-existen con su identidad étnica. Las identidades nacionales son instrumentalizadas por los Ticuna cuando se dan las condiciones para hacerlo, es decir, son identidades circunstanciales, en tanto que la identidad étnica se constituye en su identidad "primordial", en su verdadero sentido de vida.  

                A pesar de los avences que a nivel jurídico se vienen realizando en países como Colombia, las diferentes legislaciones y políticas indígenistas a las que los Ticuna se ven supeditados por el hecho de estar bajo la jurisdicción de entidades estatales diferentes, también representan obstáculos al proyecto político de unificación transfronteriza, debido a que los somete al mismo nivel de limitaciones que tienen las poblaciones nacionales incluso hasta de transitar de un país a otro.

                Dentro de las estructuras y el orden social de los diferentes Estados nacionales los Ticuna se insertan en condiciones de obvio desequilibrio, llegando a formar parte de las camadas más pobres y socialmente discriminadas de la población nacional, situación que se evidencia en el significado ambiguo de las categorías "caboclo" y "paisano", usadas por la población regional del lado brasilero y colombiano de la frontera. La ambigüedad de dichas categorías contribuye a enmascarar el carácter político de la identidad Ticuna, facilitando las prácticas discriminatorias sobre las poblaciones indígenas.

                El panorama de relaciones interétnicas  muestra un escenario social caracterizado por la co-existencia conflictiva de identidades étnicas y nacionales que se estructuran con base en las relaciones interétnicas entre indígenas y poblaciones nacionales, las cuales se circunscriben en un campo de relaciones políticas y representaciones sobre la alteridad, de tal manera que se consolida un espacio intersocietario en el que estas identidades se intersectan pero no se funden, manteniéndose como expresiones identitarias claramente diferenciadas, pero dentro de un contexto de relaciones políticas de subordinación y dependencia de los pueblos indígenas frente a la posición hegemónica de las sociedades nacionales.

6.3.         Apuntes para una antropología en fronteras

                La literatura antropólogica de los años noventa se refiere a la posibilidad de una “antropología de o en fronteras” (Donnan & Wilson 1994, 1998; Álvarez, Jr. 1995; Cardoso de Oliveira 1997). Este hecho refleja el creciente interés que como objeto de investigación antropológica están adquiriendo los procesos socio-culturales que se desarrollan en fronteras políticas entre países. Este interés en las fronteras políticas tienen que ver con las dinámicas socio-culturales, políticas y económicas contemporáneas que vienen ocurriendo a nivel mundial, las cuales trascienden los límites nacionales, dando origen a procesos de carácter transnacional tales como la creación de bloques económicos entre ellos Mercosur, la Unión Europea y NAFTA

                Una de las cuestiones centrales dentro de este reciente interés antropológico en las fronteras políticas está orientada a analizar los procesos identitarios que suceden en estas regiones, los cuales se caracterizan por la constante interacción de actores adscritos a diferentes nacionalidades, aunque estén ligados por lazos étnicos e históricos similares, como es el caso de los Ticuna.

                Situaciones como la "la nacionalización de lo étnico" (Vila 2000:114), es decir, la influencia de nacionalidades diferentes sobre un mismo grupo étnico;  o el caso contrario: "la etnización de lo nacional" (Hall 1991, Apud. Vila Ibid.114), esto es, el retorno a las identidades locales como resultado ante la "amenaza" del proceso de globalización, y la construcción de identidades fronterizas, son algunos de los fenómenos identitarios que suceden en los escenarios de frontera, los cuales en los últimos años vienen siendo objeto de estudio desde diferentes enfoques disciplinares de las ciencias sociales.

6.3.1.     ¿Antropología de o en fronteras? 

                El interés antropológico en el estudio de las fronteras, como resultado de los procesos de expansión de los Estados-nación, comienza a perfilarse en la antropología norteamericana a partir de los años setenta debido a la influencia de la hipótesis clásica de Frederik Turner [1893] sobre el proceso de expansión de la sociedad y el Estado americano sobre territorios no ocupados o disputados por grupos rivales (Donnan & Wilson 1994:5).

                Esta misma influencia se percibe en los estudios sobre fronteras de expansión que comenzaron a desarrollarse en Brasil por la misma época (Becker 1988; Martins 1975,1997; Velho 1972,1976,1982), los cuales analisan los procesos de ocupación y expansión económica y social sobre los territorios de la Amazonia.

                Producto de estos estudios sobre fronteras de expansión es la noción de frontera que presenta José de Souza Martins (1997). En ella, el autor destaca el papel de los conflictos (étnicos y de clase) y el reconocimiento de la complejidad socio-cultural de la frontera como espacio de alteridad, donde el Otro se hace visible ( Martins 1997: 12-15). De otro lado, Otávio Guilherme Velho (1977:142-7), considera el papel ideológico de las fronteras de expansión en la formación de identidades nacionales, analizando cómo el Estado manipula ideológicamente estos espacios en aras de la consolidación de la identidad nacional.

                En los últimos años la antropología ha avanzado en el conocimiento etnográfico y en la conceptualización teórica sobre las fronteras internacionales como espacios geográficos, políticos y socio-culturales de enorme riqueza para el análisis de los procesos migratorios, los conflictos sociales y la formación de identidades étnicas, nacionales y transnacionales.

                Es indudable que la frontera entre México y Estados Unidos se ha constituído en el caso pionero en las investigaciones antropológicas sobre fronteras políticas, lo que ha dado lugar para plantear la posibilidad de una "antropología de las fronteras" (Alvarez,Jr. 1995:447). Para Alvarez Jr. (1995) la frontera entre México y Estados Unidos se ha convertido en un "modelo" o "ícono" que ha influenciado los estudios sobre fronteras a nivel mundial. Debido a sus particularidades, esta región de fronteras permite analizar varios elementos contrastantes tales como el hecho de que Estados Unidos sea un país política y económicamente dominante que contrasta con las condiciones socio-económicas de México como país en desarrollo. Esta desigualdad de poder político y económico se ha constituido en un excelente ejemplo de cómo los Estados-nación influencian el comportamiento de los diferentes actores sociales de esta frontera, entre quienes se establecen diferentes clasificaciones identitarias tales como "fronterizos", "norteños", "chicanos", "mexicanos", "anglos", "tejanos", "gringos", "agringados", entre otras, identidades que pueden ser negociadas y manipuladas según las circunstancias (Ibid. 451-2).

                Pero no sólo la frontera México-Estados Unidos se configura como un modelo en los estudios antropológicos sobre el tema. También los conflictos étnicos y religiosos en Irlanda constituyen realidades socio-culturales que han motivado el análisis antropológico de las fronteras. Desde este contexto es donde a partir de los años noventa se viene incentivando el estudio de los procesos socio-culturales que se desarrollan en las fronteras, destacandose la producción científica de los antropólogos Donnan & Wilson (1994; 1998), de Queen's University of Belfast, quienes apuntan hacia el reconocimiento de una "antropología de las fronteras", que tiene que ver con "el análisis de las formas en las cuales las naciones, grupos étnicos, religiones, Estados y otras instituciones, se encuentran y negocian sus acuerdos con los Otros, aunque construidos desde la perspectiva de un "nosotros" (Donnan & Wilson 1994:11). Para estos autores, una antropología de las fronteras internacionales busca "analizar la confluencia de los límites simbólicos y jurídico-políticos entre los estados-nación", en un intento por "integrar el estudio del poder y la cultura" (Donnan & Wilson 1998: 2).

                Donnan & Wilson sostienen que las fronteras internacionales no sólo son escenarios de disputas relacionadas con la soberanía de los Estados, sino que también constituyen lugares de transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales que comprometen el futuro de los Estados nacionales, tal como son conocidos en la actualidad. Los autores enfatizan el hecho de que estos procesos se manifiestan en la vida cotidiana de las personas que habitan en los espacios de fronteras, por lo cual se constituyen en escenarios privilegiados para los estudios antropológicos sobre los nacionalismos.

                Para estos autores, las fronteras constituyen barreras de exclusión y protección que marcan lo nacional de lo extranjero y es en el entendimiento de cómo los habitantes de las fronteras se adaptan a las necesidades humanas de vivir con y/o a pesar de sus vecinos fronterizos, que los antropólogos pueden aportar al estudio de las naciones, Estados y soberanía nacional (Ibid. 1994: 2-3). En este sentido, la visión por la que se opta es la de entender las fronteras internacionales no sólo por sus implicancias geopolíticas, sino en términos de los procesos socio-culturales que en ellas acontecen, y su influencia en los procesos de construcción de identidades étnicas y nacionales.

                Donnan & Wilson arguyen que las fronteras son espacios de negociación cultural y de disputas políticas, lo cual les otorga el carácter de escenarios privilegiados para la investigación antropológica de las expresiones cotidianas de los nacionalismos, dado que en ellas tienen lugar las negociaciones a nivel internacional y transnacional (Ibid: 6-7). Alvarez Jr. (995: 448), define las fronteras como regiones en las que las prácticas sociales son definidas y determinadas por los límites internacionales. Estas regiones de frontera se caracterizan por los conflictos y contradicciones, tanto de orden material como ideacional.

                Los autores destacan el carácter conflictivo de las prácticas sociales que suceden en las regiones de frontera. Estos conflictos no sólo son de orden geopolítico comprometiendo la soberanía de los diferentes Estados nacionales que confluyen en estos escenarios fronterizos, sino también debido a la diversidad de sectores sociales, grupos étnicos, religiosos e identidades nacionales que se encuentran y desencuentran en las regiones de fronteras. El énfasis en la caracterización de las fronteras como espacios de diversidad socio-cultural, y por ende, de conflictos, constituye una herramienta teórica que apunta hacia el análisis de los procesos identitarios que tienen lugar en estos escenarios.

                Otro aporte analítico de Donnan & Wilson para el estudio de las fronteras es el reconocimiento de que las fronteras nacionales no siempre coinciden con los límites entre países. Los Estados nacionales a menudo presentan fronteras políticas internas que pueden marcar límites internacionales entre grupos, los cuales generalmente no son reconocidos por el Estado. Este es el caso de grupos étnicos que se autodefinen como naciones en busca de su propia soberanía (Op. Cit 1994: 8) y de los cuales existen varios ejemplos en los países latinoamericanos, como el caso de las naciones indígenas de Ecuador. Desde esta perspectiva se avanza en el reconocimiento de cómo las fronteras externas e internas pueden intersectarse, de tal forma que su definición depende de las concepciones e interpretaciones de los grupos que están involucrados en ellas.

                Tanto Donnan & Wilson (1994; 1998), como Alvarez Jr. (1995), apuntan al reconocimiento de una "antropología de las fronteras" que tiene sus fundamentos en el interés de los antropólogos en los procesos de inmigración, específicamente de mexicanos a Estados Unidos, y en las diferentes categorías identitarias, la desigualdad y el conflicto cultural que se derivan de estos procesos. De otro lado, los desarrollos conceptuales de la llamada "antropología de las fronteras" convergen con los fundamentos teóricos del transnacionalismo, la globalización de la cultura, el capital y el cosmopolitismo, procesos socio-culturales contemporáneos que vienen siendo objeto de análisis antropológico en los últimos años (Alvarez  Jr. 1995: 452).

                Es preciso cuestionar la posibilidad de hablar de una "antropología de las fronteras", tal como estos autores la definen, debido a que los fundamentos teóricos en los que se basa esta propuesta no provienen de o contribuyen al surgimiento de un nuevo paradigma teorico-metodológico diferenciado que marque una distinción con respecto a las diferentes corrientes de pensamiento que caracterizan el desarrollo teórico de la antropología. Sería más adecuado hablar de una "antropología en las fronteras", tal como Roberto Cardoso de Oliveira (1997:20) plantea, señalando la situación que viven los actores sociales en las fronteras internacionales de muchos países latinoamericanos, situaciones en las que se conjugan identidades nacionales y eventualmente étnicas.

                Desde esta perspectiva, una "antropología en las fronteras" apunta a  analizar, desde diferentes posiciones teóricas, las diversas y complejas situaciones socio-culturales que tienen lugar en los escenarios de fronteras políticas. En este sentido, la frontera surge como un eje tematizador de las diferentes investigaciones en curso, capaz de centralizar en él los diferentes enfoques teóricos en el análisis histórico y/o etnográfico de los procesos socio-culturales que en ellas acontecen.

6.3.2.     Estudios latinoamericanos sobre identidades en fronteras

                En la última década, los estudios sobre fronteras políticas en América Latina vienen cobrando vigencia y notoriedad en la comunidad académica a nivel internacional. El auge de estos estudios se vió impulsado por el desarrollo de procesos económicos, sociales y políticos a nivel transnacional, entre los cuales se destaca la conformación del bloque económico del Mercosur, fenómeno que está generando nuevas dinámicas socio-culturales y políticas en los países que lo conforman, las cuales son objeto de investigación de antropólogos y otros científicos sociales.

                El Programa de Investigaciones Socioculturales en el Mercosur del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), de la ciudad de Buenos Aires (Argentina), ha promovido espacios de discusión sobre las investigacioens en fronteras políticas de América Latina, manteniendo diálogos con otros investigadores quienes han realizado trabajos clásicos sobre este tema (García Canclini Cf.1999; Peter Sahlins 1989; Tomas Wilson Cf. 1999). Estos trabajos fueron compildos por Alejandro Grimson (2000) y comentados por Cardoso de Oliveira en la misma obra.

                En el orden de la definición y caracterización, se establece una distinción entre "fronteras secas"[75] para referirse a aquellas donde la demarcación de los límites internacionales se establece a través de calles y mojones, en contraste con las fronteras donde el límite internacional está demarcado por un río que sirve como línea divisoria entre dos o más países, como en el caso de la frontera argentino-paraguaya, donde el río Chaco, con sus diferentes cambios de curso, se ha constituido en el punto de conflicto entre los países, afectando específicamente a la población indígena que allí se asienta (Gordillo 2000: 232-255).

                La articulación de los enfoques histórico y etnográfico es una de las principales características de los estudios sobre fronteras. Esto permite analizar los cambios en el tiempo de las distintas situaciones socio-culturales e identitarias que se producen en estas regiones. La realización de etnografías de carácter histórico se ve como prioridad en los estudios sobre fronteras, en la medida que es preciso analizar con detalle los procesos de cambio socio-cultural y de asunción de diferentes identidades nacionales que han sufrido las poblaciones impactadas por el establecimiento de fronteras políticas.

                Los procesos socio-culturales e identitarios que suceden en las regiones de fronteras exhiben características que pueden resultar contradictorias, dependiendo de las circunstancias. Por un lado, las dinámicas sociales pueden encontrar en la diferencia un elemento que potencializa la intergración, permitiendo hablar de "identidades fronterizas", donde lo característico no son las situaciones de conflicto, sino de "disflicto", en las cuales la carga de conflictos es distribuida en diferentes elementos que generan instancias de negociación  (Mazzei Op. Cit:  9).

                Por otro lado, el discurso de la 'hermandad" y la "integración fronteriza" común en las regiones de frontera, constituye el blanco de las críticas de Alejandro Grimson (2000: 201-231), quien enfatiza el carácter conflictivo de las fronteras y cómo éstas continúan siendo fuertes barreras identitarias, migratorias y arancelarias, a pesar de que las retóricas diplomáticas y de que los discursos de los habitantes de las fronteras apunten hacia una visión romántica y esencialista de una "cultura transfronteriza" de carácter compartido.

                Desde una posición que incita a revalorar la etnografía, Pablo Vila (2000: 99-120) hace una crítica a los estudios norteamericanos de la frontera entre México y Estados Unidos, los cuales al fundamentarse en la crítica literaria y en el énfasis en la teoría (Alzandúa 1987; Rosaldo 1989; Hick 1991; Apud. Vila Ibid:100), han pasado a constituir la visión hegemónica que se impone sobre otras maneras de percibir la frontera, específicamente por parte de académicos mexicanos (Barrera 1995, Tabuenca 1997; Apud. Vila Ibid: 103), quienes no se sienten representados con la idea de la frontera como una “metáfora”, visión que ha silenciado las voces de los múltiples “otros” que viven en ella. El trabajo de Vila invita a reflexionar sobre la ética del quehacer antropológico y sobre cómo los resultados de las investigaciones no son productos neutrales e imparciales, sino que por el contrario, están mediatizados por la posición desde la cual habla el investigador, corriendo el riesgo de privilegiar una visión e invisivilizar otras.

                Lo que resulta más evidente en los estudios sobre fronteras es el carácter comparativo de las investigaciones, como producto de la incorporación de diferentes contextos nacionales y las múltiples identidades (étnicas, nacionales, de género, clase) que hacen parte de estos escenarios fronterizos, donde el "otro" se hace visible o se niega, pero siempre está presente como factor de la alteridad sobre la que se construyen las identidades.

                En efecto, el análisis de los procesos socio-culturales que acontecen en las fronteras requiere conocer e interpretar los procesos históricos que contribuyen a estructurar las dinámicas identitarias contemporáneas en estos espacios intersocietarios. En este caso, es preciso enfatizar que las fronteras tienen una trayectoria histórica de formación, mediatizada por conflictos, violencia física y simbólica y procesos de dominación, por tanto, no hacen parte de "ese orden natural de las cosas", tal como se pretende instituir desde las ideologías nacionalistas creadas por las élites para legitimar la instauración de los Estados-nación como entidades políticas. De acuerdo con Alvarez Jr. (1995: 462) es prioritaria la realización de etnografías históricas y comparativas que contribuyan a dilucidar los procesos de conformación de las regiones de fronteras a partir de la participación de los diferentes actores sociales que allí interactúan.

                Mi experiencia etnográfica en la región de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú, ha proporcionado los elementos necesarios para definir las regiones de fronteras como espacios interétnicos e intersocietarios en donde se conjugan e intersectan diversas territorialidades y visiones del mundo, generando un complejo entramado de identidades y posiciones políticas, que se unifican y se contraponen, se entrecruzan, se encuentran y desencuentran, dependiendo de las posiciones asumidas por los actores sociales que las detentan.    

                Las relaciones entre étnias y sectores sociales que conforman la población de la región (grupos indígenas, población rural y urbana de diversas nacionalidades, autoridades locales, regionales y organismos representantes de los Estados-nación), tienen lugar en lo que algunos autores hemos denominado espacio social transfronterizo, es decir, escenarios sociales que incorporan y trascienden los límites nacionales y se caracterizan por la presencia de diferentes actores pertenecientes a diversas etnías y nacionalidades, los cuales establecen entre sí relaciones sociales de conflicto y/o alianza en sus intentos por acceder al poder y mejorar sus condiciones de vida.

                Conceptos similares sobre regiones de fronteras han sido generados para otros contextos etnográficos tales como la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, la llamada "región de las Misiones", que Alejandro Oviedo (Cf. 1999)[76] define como una "región transfronteriza", es decir, "un espacio de intensas relaciones de intercambio y de movimiento de personas, que puede ser un escenario propicio para analizar diversos posicionamientos locales frente a las transformaciones asociadas al proceso de integración y de globalización". Oviedo resalta que la delimitación de este espacio no coincide con los límites nacionales, departamentales o estaduales, sin embargo, los contiene, llegando a ser una "región con fronteras adentro".

                Esta definición es importante en la medida en que conlleva a analizar las diversas entidades territoriales que se entraman y superponen en los espacios de fronteras, lo que contribuye a incrementar el nivel de complejidad social de dichas regiones, no sólo porque corresponden a diferentes entidades político-administrativas, sino porque ellas implican diversos órdenes societarios y posiciones políticas en interacción. Así por ejemplo, en la región de fronteras del alto Amazonas/ Solimões, encontramos las diferentes territorialidades de los grupos indígenas que allí conviven, además de los territorios indígenas delimitados jurídicamente por los diferentes Estados-nación (resguardos, terras indígenas, reservas); así como también son delimitados los municipios y provincias (Leticia y Puerto Nariño en Colombia; Tabatinga y Benjamin Constant en Brasil y la Provincia de Ramón Castilla en Perú) como unidades político-administrativas con sus respectivas divisiones internas (corregimientos, distritos); en seguida se encuentran los departamentos de Loreto y Amazonas (Perú y Colombia respectivamente) y el Estado de Amazonas (Brasil); para finalmente encontrar los límites de los Estados-nación que allí convergen.

                En consecuencia, cabe a los investigadores de los procesos socio-culturales en las regiones de fronteras analizar las diversas y complejas relaciones que se producen a nivel local, regional, nacional, internacional y transnacional como campos de relaciones que se entrecruzan y superponen en estos escenarios.  

                Si consideramos el concepto de Guillermo Rubén (1995:75) de que lo "transnacional" se refiere a "todo aquello que sucede fuera de las fronteras nacionales, sin que ésto signifique una automática ruptura con la nación de origen", se concluye que los procesos transnacionales estarían dados en términos de las prácticas sociales que acontecen por fuera de las fronteras nacionales, pero en nombre de las nacionalidades.

                En el caso de los procesos identitarios en la región fronteriza entre Brasil, Colombia y Perú sería arriesgado utilizar este concepto para definir las relaciones establecidas entre los diferentes actores sociales que allí conviven, pues en el caso de los Ticuna y otros grupos indígenas, están actuando con base en su sistema de pensamiento y sus prácticas socio-culturales tradicionales que son las que confieren el carácter étnico a estos pueblos; en tanto que la población regional actúa con base en las cotidianidades locales y regionales, dinámicas en las cuales las nacionalidades se refuerzan o se diluyen según las circunstancias y los intereses de los actores, sin que exista una representación definida de lo nacional. El concepto de transnacionalidad es una herramienta analítica útil para analizar los procesos socio-culturales y económicos contemporáneos que se están desarrollando en diversos países latinoamericanos a partir de los procesos de creación de bloques político-económicos conformados por la "integración" de varios Estados-nación, como en el caso de MERCOSUR. No obstante, los procesos socio-culturales que se generan a partir de la conformación del MERCOSUR no pueden comprenderse por fuera del análisis de las cotidianidades locales y regionales que este proceso está generando entre los habitantes de las fronteras, tal como se desprende del análisis que Mazzei (Cf. 1999) hace sobre la región de fronteras entre Rivera (Uruguay) y Sant' Ana (Brasil). En este sentido, incluso los procesos transnacionales tienen sus expresiones a nivel local, que vienen a ser de enorme importancia como objetos de análisis antropológico.

                Esa "tensión global - local", como propone Oviedo (Op.cit.1999), no sólo se constituye en un modelo analítico, sino que forma parte de los procesos sociales contemporáneos, y es en las regiones de fronteras donde dichas tensiones tienden a expresarse claramente, por tanto el análisis antropológico de los procesos socio-culturales e identitarios que se producen en las regiones de fronteras debe considerar dichas tensiones.

                 La diversidad étnica y socio-cultural en completa interacción, que difícilmente se manifiesta con tal intensidad como en las regiones de fronteras, es otro de los aspectos fundamentales a tener en cuenta cuando se trata de analizar antropológicamente los procesos socio-culturales que en ellas acontecen. En el caso de la región de fronteras del alto Amazonas/ Solimões, es evidente el alto grado de diversidad étnica debido a la presencia de diferentes grupos indígenas: Ticuna en su mayor parte, pero también Yagua, Cocama, Huitoto, Yucuna, Mayoruna, quienes han introyectado aspectos de las diversas culturas nacionales que comenzaron a formarse con los procesos de construcción de los Estados-nación y los consecuentes procesos de definición y ocupación de las fronteras nacionales.

                Así mismo, si no todas, la mayor parte de las regiones de fronteras entre diferentes países de América Latina se consolidaron sobre territorios previamente ocupados por diferentes pueblos indígenas, algunos de los cuales continúan viviendo en estas regiones, lo que hace que estos escenarios sean apropiados para analizar procesos de intersección de identidades étnicas y nacionales. Para citar algunos casos que ya han sido objeto de investigaciones antropológicas, en América del Sur se encuentran los Mapuche en la frontera entre Chile y Argentina (Hernández 1988); Tobas y Wichís del Chaco en la frontera entre Argentina y Paraguay (Gordillo 2000); descendientes de Tilcaras y Omaguacas en la frontera argentino-boliviana (Karasik 1994; Cf. Abduca 1999) y Guaraníes en la misma frontera (Hirsch 2000). Estas investigaciones apuntan al análisis de la situación vivida por grupos indígenas que en condiciones de subalternidad frente a las sociedades nacionales optan por reivindicar o renunciar al reconocimiento de su condición étnica, sin renunciar al reconocimiento de las identidades nacionales que les garantizan mejores condiciones de vida.

                Estas particularidades socio-culturales propias de las regiones de fronteras en las que se intersectan y superponen diversas culturas nacionales sobre un mismo grupo étnico generan procesos identitarios fundamentados en la pluriculturalidad de tal manera que se producen identidades nacionales pluriétnicas e identidades étnicas plurinacionales. La elaboración de etnografías que den cuenta de los procesos identitarios en las regiones de fronteras constituye una herramienta fundamental para el análisis y comprensión de las complejas dinámicas de articulación de las identidades étnicas y nacionales en estos escenarios pluriculturales. Pablo Vila (2000) se refiere a la necesidad de construir modelos analíticos con base en la experiencia etnográfica del investigador, como alternativa a la transposición de modelos teóricos formulados para otras situaciones y contextos geográficos. 

                En los escenarios de fronteras se producen formas particulares de intersección y de instrumentalización mutua de identidades étnicas y nacionales pero sin llegar a fundirse, sino manteniéndose como formas identitarias separadas y en relaciones de asimetría debido a la posición hegemónica de las identidades nacionales sobre las identidades étnicas. En efecto, desde los incipientes procesos de construcción de los Estados-nación, los sectores sociales y políticos que participaron en la creación de sentidos identitários basados en la nacionalidad, manipularon a los grupos indígenas localizados en las regiones de fronteras para garantizar la soberanía a través de la ocupación de estos espacios casi siempre localizados en regiones apartadas y poco atractivas para la gran mayoría de las poblaciones nacionales que, como era de esperarse, preferían las regiones cercanas a las capitales para vivir.

                Hoy en día los Estados-nación continúan instrumentalizando simbólicamente a los pueblos indígenas para construir retóricas discursivas de democracias multiétnicas que están lejos de hacerse realidad, pues los grupos étnicos (indígenas y afro-descendientes) que figuran como "minorías" sociales en la mayor parte de los países latinoamericanos, incluso en aquellos donde son mayorías poblacionales, continúan siendo ciudadanos de segunda categoría, donde difícilmente podrían llegar a insertarse en la sociedad nacional en iguales condiciones socio-económicas y políticas.

                Por su parte, es evidente que los grupos étnicos localizados en regiones de fronteras instrumentalizan las diversas identidades nacionalidades en la medida en que a través de estrategias de reconocimiento o negación de su condición étnica, pero de reivindicación de determinadas nacionalidades, encuentran los mecanismos para acceder a mejores condiciones socio-económicas que les garanticen el derecho a la tierra, a la educación y a la salud, e incluso al reconocimiento político, lo que al final de cuentas se traduce en una relación de dependencia frente a las identidades nacionales dominantes.

                Estas características de las relaciones entre grupos étnicos y sociedades nacionales en los espacios de fronteras políticas contribuyen a definir el panorama de conflictos que suelen manifestarse de manera más aguda en estas regiones debido a la constante interacción entre grupos étnicos y los diferentes sectores que conforman las sociedades nacionales. De este modo, las regiones de fronteras constituyen lo que en términos de Bourdieu (1991: 156) se de denominaría "campo de lucha", es decir, espacios sociales en los que "las posiciones y las tomas de posición se definen relacionalmente" y en los cuales "pueden comprenderse las estrategias individuales o colectivas, espontáneas u organizadas" utilizadas por los actores ya sea para conservar o bien para transformar el conjunto de relaciones por ellos establecidas.

                Las regiones de fronteras, por ser espacios sociales donde se construyen sociedades nacionales sobre la base de sociedades indígenas pre-existentes, se constituyen en escenarios privilegiados para analizar los procesos de superposición de territorialidades sobre los que se fundamentan las sociedades que allí amergen. Estos procesos, si bien encarnan un alto grado de conflictividad, también generan un alto potencial para convivir con la diferencia, colocando a prueba la capacidad de tolerancia de los actores sociales frente a la convivencia interétnica. Tal vez sea en estos espacios de fronteras donde puedan surgir experiencias de convivencia interétnica e intersocietária que contribuyan a promover procesos históricos diferentes al de las guerras, la dominación y los conflictos que las originaron.

 

Arriba | Introducción | Capítulo 1 | Capítulo 2 | Capítulo 3 | Capítulo 4 | Capítulo 5 | Capítulo 6 | Bibliografía

 


NOTAS:

[73] Julia Chindemi (2000:80) se refiere a las guerras que con ocasión de la definición de fronteras enfrentaron al Imperio brasileño y las Provincias Unidas del Río de la Plata (1825-1828);, la Revolunción de los Farrapos entre Río Grande del Sur y el Imperio (1835-1845) y la guerra de la Triple Alianza de Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay (1865-1868), que según la autora fue el conflicto más sangriento de la historia latinoamericana en el siglo XIX.

[74] Concepto tomado del curso "Etnicidad y Política en México", dictado por Miguel Bartolomé durante el primer semestre de 1996 en el Departamento de Antropología de la Universidad de Brasília (Brasil).

[75] Ponencia presentada por Enrique Mazzei: Rivera (Uruguay)- Sant'Ana (Brasil): Integración e identidad fronteriza.

[76] Oviedo, Alejandro Daniel: Dinámica en las fronteras: articulaciones y conflictos en el contexto del Mercosur. Penencia presentada en el Seminario internacional Fronteras, naciones e identidades. Buenos Aires, mayo de 1999.

 

© Copyright del autor.
Editora Teodora Zamudio para
WWW.BIOETICA.ORG.

Última actualización de esta página: Sábado, 19 de Noviembre de 2005