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Coleção Eduardo Galvão - Museu Goeldi

Ticunas brasileros, colombianos y peruanos: Etnicidad y nacionalidad en la región de fronteras del alto Amazonas/ Solimões

 
Tesis de Doctorado ante Centro de Pesquisa e Pós-graduação sobre América Latina e Caribe -CEPPAC de la Universidad de Brasília - UnB.

por Claudia Leonor López Garcés

 Capítulo 1.

Procesos de formación de fronteras en alto Amazonas/Solimões:  la historia de las relaciones interétnicas de los Ticuna

 

Índice de este Capítulo

Procesos de formación de fronteras en alto Amazonas/Solimões:  la historia de las relaciones interétnicas de los Ticuna

1.1.         Los procesos de expansión colonial y la conformación de la frontera hispano-lusitana. Siglos XVI – XVIII

1.1.1.       Primeras incursiones hispano-lusitanas en el alto Amazonas/Solimões

1.1.2.       Los pueblos indígenas y el proceso de formación de la frontera hispano-lusitana (Siglo XVIII)

1.2.         La consolidación de las fronteras nacionales: Siglos XIX y XX

1.2.1.       La región de fronteras en la primera mitad del siglo XIX

1.2.2.       El auge de las economías extractivas y sus efectos sobre la población Ticuna

1.2.3.       La consolidación de las fronteras nacionales y el conflicto colombo-peruano

 

Procesos de formación de fronteras en alto Amazonas/Solimões:  la historia de las relaciones interétnicas de los Ticuna

                La actual región de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú se consolidó históricamente sobre el territorio de varios pueblos indígenas, entre ellos los Ticuna, quienes desde hace por lo menos dos mil años vienen ocupando la zona del alto río Amazonas/Solimões. Desde tiempos precoloniales esta región ha sido escenario de disputas territoriales entre diferentes grupos indígenas amazónicos que se asentaron y/o desplazaron constantemente, aprovechando las posibilidades de navegación del río Amazonas como eje principal de un sistema fluvial que facilitó el establecimiento de contactos interétnicos entre grupos indígenas de diferentes regiones de la Amazonia e incluso del piedemonte de la cordillera de los Andes.

                Las investigaciones arqueológicas realizadas por Bolian (1975) en la región del Trapecio Amazónico (Perú y Colombia), reportan varias etapas en la ocupación de esta región, cada una de ellas asociada a un estilo cerámico diferente y cuya datación cubre un período entre los años 100 y 1200 d.C. Bolian señala que el estilo cerámico correspondiente a una datación de 925 + o - 90 d.C, es parecido a la cerámica de los Ticuna contemporáneos, lo que lo induce a plantear que la población que desarrolló este estilo sería "proto-Ticuna" (Goulard 1998:69). Posteriormente, según el mismo Bolian, grupos de habla Tupi, antecesores de los Cocama y Omagua, ocuparon el Trapecio Amazónico. Esto se evidencia por la presencia de la "tradición policroma" asociada con estos grupos, la cual cubre una área que va desde la región del río Napo y el Ucayali hasta la desembocadura del Amazonas (Bolian 1975: 13-14). Estos grupos de habla Tupi habrían llegado a la región del Alto Amazonas hacia los años 1000 d.C. (siglo XI), según las dataciones de radiocarbono (Ibid.261).

                Los Omagua[11], descendientes de estos grupos de habla Tupí, ocupaban la región del Alto Amazonas al momento de los primeros contactos con españoles y portugueses, a mediados del siglo XVI. Los Omagua ocupaban las regiones bajas e islas del Amazonas, en tanto que los Ticuna, Yagua, Mayoruna y Culina se asentaban en tierra firme (Ibid.14). Con base en los resultados de las investigaciones arqueológicas de Bolian (1975), Goulard (1994: 316-7) plantea que los antepasados de los Ticuna posiblemente fueron poblaciones ribereñas, quienes debido a constantes enfrentamientos con otros grupos indígenas, se vieron en la necesidad de refugiarse en la región interfluvial o tierra firme.

                El impacto de la colonización europea sobre los pueblos indígenas de la Alta Amazonia, especialmente de las correrías portuguesas en busca de esclavos y de las enfermedades que devastaron gran parte de la población indígena, fueron las causas que obligaron a los pueblos que vivían a lo largo del río Amazonas, entre ellos los Omagua, a dispersarse. Los que consiguieron sobrevivir a esta situación fueron obligados a acogerse bajo la protección de los Jesuitas a inicios del siglo XVIII. Después de la dispersión de los Omagua y de que el peligro de las correrías portuguesas había disminuido, grupos como los Ticuna, Mayoruna y Culina fueron ocupando -o reocupando- esta región (Bolian 1975:18-19). De esta manera, comienza a conformarse lo que en términos de Porro (1996: 38) se denomina "sustrato neo-indígena", caracterizado por su inserción en la sociedad colonial y por los procesos de "aculturación" que este fenómeno produjo.

1.1.         Los procesos de expansión colonial y la conformación de la frontera hispano-lusitana. Siglos XVI – XVIII

                Con la invasión europea y los violentos procesos de expansión colonial que se iniciaron en el siglo XVI, comienza una nueva etapa en el proceso de formación de fronteras en la región del alto Amazonas. Sobre las fronteras pre-existentes, originadas por las disputas territoriales entre grupos indígenas diferentes, se sobreponen otras dinámicas socio-culturales y políticas derivadas de los procesos de dominación europea, las cuales condujeron al establecimiento de fronteras coloniales que se consolidaron sobre la base de las disputas territoriales entre españoles y portugueses.  El nuevo proceso de formación de fronteras se traduce en las disputas por la posesión de territorios y de los pueblos que en ellos habitaban, en beneficio de las coronas de España y Portugal. Las disputas territoriales entre las dos Coronas condujeron a la formación de la frontera hispano-lusitana, que impactó a los pueblos indígenas tanto a nivel físico, debido al exterminio de la población por epidemias y violencia, como a nivel socio-cultural, debido a los procesos de dominación política e imposición de elementos socio-culturales de origen europeo, tales como una nueva religión, idiomas y valores, que más tarde llegarían a ser incorporados dentro de los nuevos sentidos identitarios que a partir de estos procesos se empezarían a generar. 

1.1.1.       Primeras incursiones hispano-lusitanas en el alto Amazonas/Solimões

                Los conflictos entre las monarquías de España y Portugal, que desde mediados del siglo XV se venían gestando, se agudizaron a finales de este siglo cuando se oficializa el descubrimiento del Nuevo Mundo por parte de la Corona española. Con el tratado de Tordesillas, firmado en 1494 se ratifica el acceso de los portugueses a las nuevas tierras descubiertas, a donde llegaron seis años más tarde, pero sólo en 1530 se inició el proceso de colonización del litoral brasilero y casi un siglo después, con la fundación de Belém de Pará en 1616, se dieron los pasos decisivos para la colonización efectiva de la Amazonia por parte de los portugueses, proceso que fue condicionado, entre otros aspectos, por la facilidad de penetración fluvial siguiendo el curso del río Amazonas y sus principales afluentes.

                Aunque ya a mediados del siglo XVI los españoles habían accedido a la región amazónica descendiendo por las cordilleras andinas, sin embargo estas incursiones fueron más de carácter aventurero que ortientadas a la conquista y colonización efectiva de la Amazonia (Santos 1993: 57). Las luchas internas entre los primeros colonizadores por la repartición de los territorios de conquista los colocaron en conflicto con los representantes de la Corona española y en 1557, cuando Felipe II asume el poder, la Corona se reserva el derecho de ortorgar o no licencias para realizar nuevas incursiones (Ibid. 58).

                Las primeras expediciones a la Amazonia realizadas por los españoles en el siglo XVI proporcionaron información sobre los pueblos indígenas asentados en la región del alto Amazonas, principalmente sobre los Omagua. Durante la expedición de Francisco de Orellana (1541-1542), quien salió desde Quito en busca del "país de la canela", bajando por el río Napo y luego por el Amazonas hasta su desembocadura en el oceano Atlántico, Fray Gaspar de Carvajal, quien narra las crónicas de la expedición, se refiere al "señorío de Aparia", al cual estaban vinculados 26 jefes locales y cuyo territorio se extendía desde el bajo Napo hasta la región de São Paulo de Olivença. Dos palabras de origen Tupi referidas por Carvajal (1955: 60) en su crónica ("coñiapuyara" = grandes señoras y "chise"= sol), conducen a Porro (1996: 48) a deducir que este pueblo de Aparia eran los mismos Omagua del siglo XVII, registrados por Acuña durante el viaje de Teixeira. La aldea principal de este señorío y donde vivía el jefe Aparian era "Aparia Grande", la cual, según Porro (1996: 94), se localizaba un poco más arriba de la desembocadura del Yavarí, es decir, en lo que hoy corresponde a la región fronteriza entre Colombia y Brasil.

                Continuando el curso por río Amazonas abajo, Carvajal se refiere a una región despoblada de unas 200 leguas, hasta donde comienza el territorio de Machaparo, el cual, según Santos (1993: 64) empieza a la altura de la dembocadura del río Putumayo/Içá, y según Porro (1996: 51) se extendía por la margen derecha del Amazonas, desde la desembocadura del río Tefé hasta la del río Coarí, y por la margen izquierda en una extensión indeterminada. Vecino al territorio de Machaparo, descrito como una de las zonas más pobladas, Carvajal ubica el territorio Omagua. Entre estos dos pueblos parecen haber existido relaciones de amistad y de alianzas para enfrentar a los enemigos. De otro lado, se evidencian conflictos bélicos entre las poblaciones indígenas que habitaban las riberas de los ríos y aquellas que  se localizaban en "tierra firme":

Complidos doce días de mayo, llegamos a las provincias de Machaparo, que es muy gran señor y de mucha gente y confina con el otro gran señor, tan grande como él, llamado Omagua, y son amigos y se juntan para dar guerra a otros señores, que están la tierra adentro, que cada día los vienen echar de sus casas. Este Machaparo está asentado en el mismo río en una loma y tiene muchas y muy grandes poblaciones, que junta cincuenta mill hombres de pelea... (Carvajal 1955: 68).

                Porro (1996: 94) señala que es bastante problemático identificar estos Omagua con la "Grande Omagua" del siglo XVII, debido a que cultural y lingüísticamente son diferentes de los Omagua de Aparia. Sin embargo, Porro enfatiza que los Omagua  referidos por Carvajal estaban asociados al mito de El Dorado, y que cien años más tarde se habían desplazado hacia el occidente, ocupando las regiones despobladas entre los territorios de Aparia y Machaparo de las que habla este cronista.

                La segunda expedición a la Amazonia realizada por los españoles en el siglo XVI fue la de Pedro de Ursúa, expedición conocida como "Jornada de Omagua y El Dorado" (1559 -1561). Las crónicas de viaje escritas por el capitán Altamirano (en Vázquez de Espinosa 1955: 381-396), se refieren a la "provincia de Cararo", que según la localización y descripción de la población hace pensar que se trata del "señorío de Aparia", del que habla Gaspar de Carvajal durante el viaje de Orellana.

                De la misma forma como narra Carvajal, después de esta provincia de Cararo la expedición encuentra un territorio despoblado hasta llegar al poblado de Arimocoa, donde inicialmente encuentran resistencia por parte de la población nativa. Continúan el viaje hasta la provincia de Machifaro ("Machaparo" en Carvajal) en la que, al contrario de lo sucedido con Orellana, la expedición de Ursúa fue bien recibida, logrando hacer un recorrido hacia el interior de la región, donde encontraron una serie de caminos que comunicaban las "naciones de tierra adentro con Machifaro".

                A pesar de que las crónicas de los primeros viajes de exploración del río Amazonas realizados por los españoles no dan noticia sobre los Ticuna, sin embargo, es posible inferir que durante esta época los Ticuna se asentaban en las regiones al interior de las márgenes del río, pués en ese entonces todo parece indicar que la frontera interétnica se constituía con base en las dinámicas de intercambio, confrontación y/o alianza entre los grupos que ocupaban la región ribereña (várzea) y aquellos que se localizaban en las zonas al interior de las riberas de los grandes ríos, ocupando la región de "tierra firme" y los pequeños ríos o igarapés (Zárate Botía, Cf. 1997). 

                Estas dinámicas interétnicas se pueden evidenciar en las crónicas de los primeros exploradores españoles y en la actualidad vienen a ser confirmadas con los resultados de las investigaciones arqueológicas de Bolian (1975) quien encuentra evidencias de asentamientos proto-ticuna localizados en las márgenes del río, cuyas dataciones comprenden un período entre el siglo I y el X  d.C. Ya para el siglo XI se confiere la presencia de grupos Tupi habitando esta región, lo cual induce a pensar que los Ticuna debieron desplazarse hacia el interior de las márgenes del río, pués el hecho de que hoy continúen habitando el mismo territorio de la Alta Amazonia es la principal evidencia de su permanencia en la región desde hace por lo menos dos mil años.

                Además de las incursiones españolas realizadas por Orellana (1542) y Ursúa (1561), casi un siglo después, en 1635, los religiosos franciscanos Fray Domingo de Brieva y Fray Andrés de Toledo, acompañados por seis soldados españoles, realizan otro viaje desde Quito hasta Belém de Pará. Más tarde, los mismos religiosos iniciarían el viaje de regreso con la expedición de Pedro Teixeira, el portugués encargado por el gobernador de la Provincia de Maranhão de comandar una expedición río Amazonas arriba, hasta llegar a la ciudad de Quito en 1637.

                La llegada de Teixeira tomó por sorpresa a los españoles quienes temerosos por la presencia de portugueses en sus territorios conquistados, ordenan el regreso de Teixeira a Belém proporcionándole lo necesario para el viaje y enviando con la expedición dos personas que pudieran dar cuenta a la Corona de Castilla de todo lo descubierto. Para tal encomienda fueron delegados los padres jesuitas Cristobal de Acuña y Andrés de Artieda.

                En el año de 1639 se inicia el viaje de regreso de Teixeira a Belém del Pará. Respecto a las poblaciones nativas que la expedición encuentra en el viaje, Cristobal de Acuña se refiere a la provincia "de los Aguas, llamados comunmente Omaguas, impropio nombre que les pusieron quitándoles el nativo" (Acuña 1994: 132), cuyo territorio, según los cálculos de Porro (1996: 94-5), comprende una región que va desde un poco más arriba de la isla Tigre, a la altura de la desembocadura del río Atacuari (actual frontera entre Colombia y Perú), hasta unos 70 kms. más abajo de la desembocadura del río Jutaí, en el actual territorio brasilero.

                Porro señala que por evidencias culturales y lingüísticas es posible asociar la Provincia de Aparía, a la que se refiere Gaspar de Carvajal en el siglo XVI, con los Omagua del siglo XVII, período en el cual todavía ocupaban una extensión similar a la que se refieren las crónicas quinientistas, aunque desplazada 300 kms río abajo (Ibid : 79- 80).

                Según las crónicas de Acuña, la provincia de los Aguas era la más grande y poblada de todo el recorrido, lo que permite inferir una continuidad en la población a lo largo de todo el territorio, pues ya esta vez no se habla de los espacios deshabitados a los que Carvajal, un siglo atrás, hacía referencia. De otro lado, es significativo el hecho de que en el siglo XVII, Acuña encuentre a los Aguas asentados en las diversas islas del río, “donde los nativos viven y tienen sus cultivos” (Acuña 1994: 132).

                Estos datos permiten inferir que en el transcurso de un siglo los patrones de poblamiento de los pueblos indígenas del Alto Amazonas habían sufrido algunos cambios significativos. Si en el siglo XVI se asentaban en poblados más distantes unos de otros y sobre las márgenes del río, ya en el siglo XVII, específicamente los Omagua se habían desplazado a las islas o zonas inundables del río (várzea). Por otro lado, habían ocupado los espacios que se hallaban deshabitados y la población estaba más concentrada.

                Respecto a los enfrentamientos bélicos de los Agua con otros pueblos indígenas, Acuña señala que:

 Tienen por una y otra banda del río continuas guerras con las provincias extrañas, que por la del sur, entre otros, son los Curinas, tantos en número que no sólo se defienden, por la parte del río, de la infinita multitud de los Aguas, sino que juntamente sustentan las armas contra las demás naciones, que por la parte de tierra les dan continua batería.

Por la banda del norte, tienen estos Aguas por contrarios a los Tecunas, que según buenas informaciones no son menos ni de menos bríos que los Curinas, pues también sustentan guerras a los contrarios que tienen por tierra adentro (Acuña 1994: 134.)

                Es esta la primera referencia que confirma las relaciones de confrontación entre los Ticuna y los Omagua. Por lo que se puede inferir de los comentarios de Acuña, en el siglo XVII los Ticuna estaban ocupando regiones más cercanas a la márgen derecha del río Amazonas, zona que un siglo atrás, según las crónicas de Carvajal, era ocupada por los súbditos de Aparian. También se infiere que además de las confrontaciones bélicas con los Aguas (Omaguas), los Ticuna sostenían guerras con otros grupos nativos localizados en el interior de la selva.

                Con base en estas afirmaciones es posible plantear que en el siglo XVII, y debido a las presiones ejercidas por grupos indígenas localizados al interior de la selva, los Ticuna se vieron obligados a ocupar territorios próximos a la ribera del río, ejerciendo presión sobre los Omagua. Quizá por este motivo los Omagua se vieron obligados a trasladarse a las islas del río, como nuevos sitios de ocupación donde les era posible defenderse de los ataques con mayor facilidad.

                A mediados del siglo XVII, los conflictos entre españoles y portugueses por la ocupación del alto Amazonas se evidencian con mayor fuerza. Las políticas de ocupación de la Amazonia por parte de los españoles que hasta entonces se habían caraterizado por la presencia militar y desde las últimas dos décadas del siglo XVI por la ocupación militar y misionera, a partir de 1650 sufren un cambio importante, pues la región de la alta Amazonia pasa a ser un campo de acción exclusivo de las órdenes religiosas. Este modelo de dominación colonial se mantuvo hasta los comienzos de la época republicana (Santos 1993: 108 ).

                A partir de 1640, cuando se produce la independencia de Portugal del dominio de la Corona española, el proceso de ocupación de la Amazonia por parte de los portugueses se realiza con base en un modelo de avanzadas cívico-militares y conversión religiosa coexistiendo durante más de un siglo. El viaje de Teixeira no fue casual, pués sabiendo de las acciones en pro de la separación de las dos Coronas y cumpliendo órdenes del gobernador del Pará, fundó poblaciones en la alta Amazonia en nombre de la Corona de Portugal. Estas fundaciones constituyeron en el punto de apoyo para las avanzadas portuguesas hacia el occidente, en territorio de dominio español (Cf. Santos 1993), hecho que serviría para legitimar los intereses de los portugueses en los posteriores conflictos fronterizos.

                En 1636 entran los Jesuítas a la provincia de Maynas, territorio de dominio español que se extendía desde el Pongo de Manseriche (77o 30’ long. O) hasta la zona de los Ticuna (70o long O), el límite norte era el río Andoas y el sur el río Huallaga (Cipolletti 1998: 83). Ya en 1615 los jesuítas portugueses habían llegado a la Amazonia para iniciar sus actividades misionales en la región del río Xingú, Tapajós y medio Amazonas (Souto Loureiro 1978:91), pero fueron los Carmelitas portugueses quienes en 1626 iniciaron sus tareas evangelizadoras entre los indígenas del Alto Solimões e impusieron la lengua Geral[12]. Los intentos de avanzada por parte de los misioneros españoles hacia el oriente y en sentido contrario por parte de los misioneros y militares portugueses, sería el punto de partida de los conflictos hispano-lusitanos por el dominio de la región del Alto Amazonas/Solimões.

1.1.2.       Los pueblos indígenas y el proceso de formación de la frontera hispano-lusitana (Siglo XVIII)

                Con la llegada de los Jesuítas a la provincia de Maynas en 1636, se inicia el proceso de expansión colonial por parte de la Corona española hacia la región amazónica. La dominación por medio de las misiones se presentó como una nueva alternativa frente a las poco efectivas incursiones militares que precedieron este período, sentando presencia permanente en la región y evitando las avanzadas portuguesas hacia la alta Amazonia (Santos 1993:155).

                El P.Samuel Fritz, de origen alemán, fue comisionado para realizar su misión evangelizadora entre los Omagua y Yurimagua, quienes habitaban las islas y riberas del alto Amazonas, en un extenso territorio comprendido entre las desembocaduras de los ríos Napo y Caquetá/Japurá, dentro del cual se encuentra el territorio de los Ticuna. Por petición de los mismos Omagua, quienes ya tenían conocimiento de las actividades de los jesuítas, y por intermedio de sus vecinos los Cocama, fue requerido un misionero para que los protegiera de las correrías de los traficantes de esclavos portugueses que llegaban hasta su territorio (Ibid. 167). En 1686 llega el P. Fritz a esta región, para iniciar sus actividades evangelizadoras y fundar pueblos de misión. Con la llegada de Fritz y las posteriores avanzadas de los postugueses en territorios de dominio español, se inició el proceso de formación de la frontera hispano-lusitana, hecho que generó otras dinámicas de convivencia interétnica entre los pueblos indígenas y los agentes colonizadores europeos en la región. De esta manera no solamente comienza a definirse la frontera territorial, sino también la frontera socio-cultural, debido a la presencia de nuevos actores de origen europeo portadores de culturas diferentes (idiomas y valores), que fueron impuestas sobre la población indígena.

                En 1691, cuando Fritz regresa de Belém de Pará, registra en su recorrido 24 aldeas de los Omaguas entre la misión de Yurimaguas hasta San Joaquín, 22 de las cuales aparecen en su mapa, hoy actualizado por Porro (1996: 98-99, mapa 7). En 1696, Fritz inicia el traslado de estos pueblos indígenas, la mayoría de ellos ubicados en las riberas inundables e islas del río Amazonas, hacia otros lugares cercanos pero en tierra firme, con el fin de colocarlos a salvo de las inundaciones y consolidar los nuevos pueblos de misión (Fritz en Maroni 1988: 335).

                La población de San Joaquin de Omaguas, fundada en 1689 por el padre Fritz, fue trasladada hacia un lugar cercano en tierra firme próximo a la actual población de Pebas en el Perú y donde, además de los Omagua, habían llegado indígenas Pebas quienes, según Fritz, estaban en guerra con los Caumaris.

                En 1693 el misionero jesuita funda dos nuevas poblaciones: Nuestra Señora de Guadalupe y San Pablo. La primera se localizó en la margen derecha del río Amazonas, frente al actual Trapecio Amazónico colombiano, en territorio de los Mayurunas. Esta reducción se formó por el traslado de los Omagua de la población de Yoaivaté, la cual posiblemente pudo estar localizada en alguna de las islas del río, según la actualización del mapa de Fritz realizada por Porro (1996, mapa 7).

                Del mismo modo, la población de San Pablo se formó por el traslado de los Omaguas de Ameiuaté, que se localizaba en la isla de Arariá (Ibid, mapa 7), para un lugar en tierra firme en territorio de los Curinas sobre la margen derecha del río. Según Fritz (en Maroni 1988; 351) entre Guadalupe y San Pablo sólo hay un día de recorrido. Esto significa que la población de San Pablo debía localizarse posiblemente a la altura o en proximidades de la isla de Arariá y no cerca de la actual población de São Paulo de Olivença, como afirma Zárate Botía (Cf. 1997: 8-9).

                Además de estas tres poblaciones: San Joaquín de Omaguas, Nuestra Señora de Guadalupe y San Pablo, el P. Fritz fundó cuatro más: Nuestra Señora de las Nieves, en territorio de los Yurimaguas y otros tres poblados localizados "uno en la laguna de Coarí, otro con la advocación de Santa Ana y el tercero llamado Tracuatuva de Tefé. Estaban las tres poblaciones a poca distancia entre sí, en las cercanías del río Putumayo" (Chantre 1901: 298, Apud. Zárate Botía Cf. 1997: 9). En estas reducciones  Fritz inició sus actividades de adoctrimaniento de los indígenas en la fe cristiana, utilizando el quechua que por esta época funcionaBa como lengua franca, y posteriormente el castellano. Las actividades misionales del P. Fritz (1686-1723) estuvieron mediadas por un firme propósito de defensa de las posesiones de la Corona Española en la región amazónica. Esta posición ideológica y política lo condujo a adoptar actitudes en contra de las avanzadas portuguesas hacia el alto Amazonas y a mantener una posición bastante crítica frente a las prácticas esclavistas de los militares y misioneros portugueses. En este contexto de guerras territoriales e ideológicas se fue configurando la frontera hispano-lusitana a finales del siglo XVII y durante el siglo XVIII.

                Fritz escribió un texto titulado "Apuntes acerca de la línea de demarcación entre las conquistas de España y Portugal en el río Marañón" (Fritz en Maroni 1988: 332-335) que dejó en manos del Virrey del Perú en 1693, con el objetivo de que sirviera como fundamento para apoyar los intereses de la Corona española y sus derechos de posesión sobre la Amazonia. En este documento Fritz se refiere al tratado de paz entre las Coronas de Castilla y Portugal, firmado en Lisboa en 1681, y en el cual se ratifica los términos del Tratado de Tordesillas[13]. Con base en estos argumentos legales, Fritz fue enfático en afirmar que el derecho de conquista de los portugueses no podía ir más allá de la boca del río de Vicente Pinzón[14], que era el punto por donde pasaba el meridiano de demarcación, y por consiguiente todas las tierras y ríos localizados al occidente de este punto correspondían al derecho de conquista de la Corona de Castilla. En este sentido, serían inválidas y nulas las conquistas hechas por los portugueses hasta el río Negro, sus avanzadas hasta el río Yuruá realizadas en 1691, y menos aún podían pretender llegar hasta el río Napo (Ibid . 334-5).

                De otro lado, Fritz sostiene que es ilegal el traslado de nativos, en calidad de esclavos, que realizaban los portugueses cada año hasta el Pará, y más aún las crueldades que éstos comentían contra los indios de las islas y riberas del río. Con estos argumentos, Fritz se constituye en un defensor del derecho de conquista por parte de España sobre la región amazónica y sus actividades misioneras estuvieron políticamente orientadas a fortalecer la presencia de España y a defender sus posesiones de las avanzadas portuguesas.

                En 1697 los portugueses habían alcanzado la región del medio Amazonas. Fritz los encuentra en San Ignacio de los Aizures, un poco más abajo de la desembocadura del río Yuruá/ Juruá:

Habiendo llegado a los Yurimaguas, luego al punto me dieron noticia cómo en San Ignacio de los Aizures estaba un capitan portugues con algunos soldados con ánimo de subir más arriba. Al dia siguiente bajé á encontrarlos y topé en dicho pueblo un cabo llamado Josef Antunez de Fonseca, seis soldados y el provincial del Carmen calzado fray Manuel de la Esperanza, con otro religioso, quienes me dijeron habian venido a tomar posesion de aquellos pueblos por orden de su gobernador y á peticion de los mismos indios. Extrañé que dijesen habian venido a peticion de los indios, pues me constaba que estos nada más aborrecian que el estar sujetos á los portugueses, de quienes habian recibido y recibian todos los dias muchísimos agravios...

...Respondiles, pues, que ya habia ocho ó más años que yo estaba en pacífica posesión de aquella mision  por parte de la Corona de Castilla y habia reducido á pueblos gran parte de aquellos infieles, cuando unos andaban fugitivos por los bosques, otros vivian escondidos junto a las lagunas, por los montes, y cautiverios que habian antiguamente padecido de los del Pará, donde yo mismo, cuando estuve en aquella ciudad, habia visto muchos esclavos de aquellas naciones.

...Despues desto, yo requirí al cabo de la escolta, que aunque sin controversia alguna esas tierras con todas las demás hasta el Pará eran de la Corona de Castilla, no obstante eso, nos contuviésemos, quedando cada cual en su misión hasta que conociesen la causa los mismos reyes (Fritz en Maroni 1988: 342-3). 

                El panorama de los conflictos generados a partir de las avanzadas portuguesas en territorios que los españoles reclamaban para sí, es narrado de la siguinte manera según la versión de Luciano D' Azevedo, un historiador de origen portugués:

Então, descobrindo o intento que o levara áquellas paragens, o cabo solemnemente reivindica para el-rei de Portugal o senhorio das terras, e intima o jesuita [Fritz] a retirar-se dellas. Obtemperava Fritz achar-se dentro dos limites de Castella. Para ele era usurpação o avanço dos nossos, rio acima. Ao passo que estes pretendiam levar a fronteira até dentro do Napo, onde pelas informações vagas de Pedro Teixeira, se devia encontrar o marco, em Espanha, rejeitavam esse direito, e queriam traçar a divisoria pelo rio Negro.

Samuel Fritz não se contentava com essa linha. A seu arbitrio, deviam os portuguezes ser repellidos agua abaixo, até o meridiano, que passa na foz do rio de Vicente Pinzón. Nulla era a posse de Pedro Teixeira; nullas as explorações successivas dos portuguezes. A decisão de Alexandre VI e o tratado de Tordesillas regulavam, no seu conceito, de modo infragavel a materia (Luciano D' Azevedo 1901: 219-20).

                   Como es de esperarse, las dos versiones resultan contrapuestas debido a que están permeadas por posiciones ideológicas que inducen a los actores tanto a favor de la Corona española (Fritz) como a los portugueses a hablar desde su propio punto de vista, reivindicando para sí el derecho de posesión sobre la región en disputa. Entre tanto, los conflictos entre españoles y portugueses por la posesión de esta región y el derecho de sujeción de la población nativa,  generó diferentes reacciones entre la población indígena. De un lado se percibe el desplazamiento de la población de oriente a occidente, debido principalmente a los efectos de las correrías portuguesas.  Por otro lado se encuentran diferentes movimientos de resistencia indígena al sistema de dominación colonial de españoles y portugueses, como es el caso del levantamiento de los Omagua. Y finalmente una actitud de “ocultamiento” (Cf. Zárate Botía 1997), auto-aislamiento o exo-invisibilidad que fue adoptada por otros grupos como los Ticuna, como una estrategia defensiva frente a las agresiones por parte de los colonizadores europeos.

                Las avanzadas portuguesas caracterizadas por la realización de correrías esclavistas que obligaban a algunos grupos indígenas a buscar esclavos a cambio de las herramientas que los portugueses les daban, provocaron que los pueblos indígenas del alto y medio Amazonas buscaran refugio en las misiones españolas a cargo de Fritz. En 1698, el cacique de los Yurimaguas manifiesta a Fritz sus intenciones de trasladarse con sus indios a San Joaquín de Omaguas, igual manifestación hacen los Aizures. Pero sólo en el año de 1700 Yurimaguas y Aizures llegan a esta población huyendo de los enfrentamientos con los portugueses. Finalmente se asentaron y organizaron en un poblado que se localizó entre la desembocadura del río Napo y San Joaquin. Fritz narra este hecho de la siguiente manera:

El dia 24 [agosto de 1700] quiso Dios consolarme con una noticia muy favorable que me trujeron unos indios Omaguas en carta del P. Wenceslao; y fue, que poco despues de mi salida de San Joaquin, llegaron a ese pueblo huyéndose de las guerras de los portugueses muchos Yurimaguas en más de 25 canoas y que los demás venian siguiendo para arriba juntamente con los Aizures... Encontrelos algunas cuadras más abajo del Napo, donde habían ya hecho algunos ranchos para vivir... Entre otros muchos casos lastimosos que me contó el curaca Mativa, el uno fue, que, habiendo muerto un curaca de los Ibanomas, llamado Aurifarú, el fraile carmelita que se había apoderado de aquel pueblo, había cogido a todas las mujeres y chiquillos de toda aquella parcialidad y enviado á vender al Pará; los varones que habia metido en su canoa, al querer amarrarlos, habían empezado a gritar, y acudiendo a sus voces los Guayupes, que vivian con ellos juntos, habian muerto allí mismo a palos al fraile y mozos que le acompañaban (Ibid. 346-7).

                En 1702, el padre Carmelita Juan de Guillerme fue enviado por los portugueses hasta el nuevo asentamiento de los Yurimaguas, más arriba de San Joaquin, para negociar con Fritz el regreso de estos indígenas a su territorio. Pero Fritz continúa defendiendo el derecho a la libre elección de los indígenas, quienes habían preferido quedarse en su misión, y que por tanto los portugueses no tenían derecho sobre aquellos indios, porque además estaban en jurisdicción de Castilla. En este caso, los Yurimagua, buscaron refugio en las misiones españolas de Fritz, en donde al parecer encontraron mejores condiciones para vivir, o por lo menos poder mantenerse con vida y a salvo de las correrías portuguesas.

                Esto explica la actitud deferente de los Yurimaguas para con Fritz, en contraste con la rebeldía de los Omaguas frente al sistema misional español. En 1699 los Omaguas de la reducción de Guadalupe intentaron rebelarse contra los padres que estaban a cargo de esta misión. Dicha rebelión se gestó como un movimiento en defensa de los valores culturales de los indígenas. Al respecto Fritz dice lo siguiente:

Como los Omaguas estaban muy alborotados y los dos padres que había dejado en San Joaquin se habían venido para arriba atropelladamente, recelosos de alguna traicion, me ví precisado bajar por allá a ver si podía sosegar aquel tumulto y averiguar de raiz su origen. Hallé no haber sido sólo sospechas de los Padres de que querian alzarse, sino, en la realidad, culpa de algunos indios, que, por su naturaleza altivos, extrañaban toda sujeción y castigo y querian mantener ciertas costumbres gentílicas contrarias al cristianismo; y como los Padres, llevados de su celo, querian con eficacia corregir aquel desorden, impacientes los indios, llegaron a esparcir voces confusas de que los matarian, para ver si podian con esto amedrentarlos, conforme habian hecho muchas veces tambien conmigo. De hecho hallé un indio, despues de la salida de los Padres, que á golpe de macana habia hecho pedazos la caja de las alhajas de la iglesia y profanado algunas imágenes sagradas; pero al punto que yo llegué, vino con su madre muy compungido a pedirme perdon, diciendo que no supo lo que hacia por haber tomado mucha curupa conque se habia privado del uso del sentido (Fritz en Maroni 1988: 345).

                Los Omaguas, desde un principio, mostraron una actitud de rechazo frente a las actividades misionales de los españoles y fueron los encargados de propagar entre otros pueblos indígenas la idea de que los españoles también pretendían hacerlos sus esclavos, como lo hacían los portugueses con los pueblos localizados río abajo. El hecho de haber sido uno de los primeros pueblos contactados por los españoles, a mediados del siglo XVI, y con quienes mantuvieron relaciones permanentes, los hacía conocedores de las prácticas de dominación que los españoles ejercían. En este sentido, no es extraño que fueran los Omagua queines con más fuerza se opusieran a las misiones españolas.

                En 1701, Payoreva, el cacique principal de los Omaguas de San Joaquín, era el líder que comandaba una rebelión multiétnica en el alto Amazonas, convocando además de los Omaguas, Pebas, Caumaris y Ticunas para que se rebelasen contra las misiones españolas. Así narra Fritz este episodio:

A 23 de agosto llegó á San Joachin la armadilla con 23 españoles y más de 200 indios de arriba. Por Cabo vino el teniente Antonio Manrique y el P. Pedro Seruela por capellan. Luego que llegaron se hizo averiguacion sobre el alzamiento que habian urdido, y se supo, que el cacique principal, llamado Payoreva, con sus allegados, habian convidado á los Caumaris y Pevas infieles, á que viniendo de repente, pegasen fuego a la iglesia y casa del Padre, que ellos estarian prontos para matarlo á macanazos, caso que saliese vivo de la quema; y lo mismo harian con los indios que estuviesen de su parte. No quiso Dios se ejecutase la maldad, acobardándose los infieles. El teniente, averiguando el caso, mandó a prender al cacique Payoreva y á Fabian Camuria, quien era reo de muchos otros delitos. Despues de esto, pasamos con la tropa al pueblo de San Pablo donde se habian juntado muchos Omaguas y habian convidado a los Ticunas, con ánimo de acometernos á cara descubierta en la plaza o ribera de aquella reducción y matarnos á todos. Llegamos allá el día 27 de septiembre. El cabo, como quien sabia los intentos que tenia aquella gente, mandó á los soldados subiesen al pueblo con las armas en la mano; lo cual viendo los alzados, no se atrevieron a intentar cosa alguna; y un cacique Ticuna con toda su gente se declaró luego al punto por amigo de los españoles. El cabo mandó prender á las cabezas de motin, cuyo castigo fue, á unos de azotes, á otros de destierro (Fritz en Maroni 1988: 349).

                Como señala Fritz, estos intentos de rebelión fueron rápidamente controlados por la intervención militar, castigando a los líderes del movimiento y tomando prisionero al cacique Payoreva, quien fue conducido a la ciudad de Borja. Payoreva huyó de aquella ciudad y llegó a San Joaquín donde incitó a la población indígena a abandonar la reducción, lo cual motivó la huida de los indígenas hacia tierra firme, siguiendo los pequeños ríos, o bien  río Amazonas abajo, hacia los pueblos de Guadalupe y San Pablo donde continuaban convocando a la rebelión contra los misioneros y soldados españoles. Fritz, con ayuda de la escolta de soldados inición la búsqueda de los fugitivos y en el pueblo de Ibiraté, más abajo de San Pablo, hasta donde ya habían avanzado los portugueses, encuentraron a Payoreva, quien se negó a volver con los demás indios a la reducción de San Joaquín. Finalmente, y a pesar de rebelarse también contra los portugueses, Payoreva terminó siendo conducido por éstos al Pará, en calidad de prisionero.

                Son relativamente muy pocas las referencias que Fritz hace de los Ticuna, en comparación con las de otros pueblos indígenas. En 1697, Fritz los encuentra viviendo "monte adentro casi en frente de San Pablo" (Ibid. 341), es decir, sobre la margen izquierda del rio Amazonas, y según las informaciones del mapa de Fritz actualizado por Porro (1996, mapa 7), podría tratarse de la región comprendida entre las actuales poblaciones de Leticia y Tabatinga y Belém de Solimões, aproximadamente.

                Pero esta escasez de datos podría ser un indicador del poco contacto que los Ticunas mantuvieron con las misiones españolas. Al parecer, los Ticunas mostraron una actitud de rechazo al sistema misional, no a través de la resistencia armada o de las rebeliones como lo hicieron los Omagua, sino más bien mediante una estrategia de auto-aislamiento, es decir, internándose en la selva como mecanismo para evitar el contacto permanente y las confrontaciones con los colonizadores europeos, en cuanto les era posible. Esta actitud los llevó incluso a tomar retaliaciones contra otros pueblos indígenas por haberlos colocado en evidencia frente a los españoles. Al respecto, un comentario de Fritz dice:

En San Pablo me refirieron cómo los Ticunas, que se habían dado por amigos a la tropa española, daban muestras de no querer perceverar en la amistad.... También  á la hija del cacique Omagua de Guacaraté, que tenian cautiva desde niña, ahora la habían muerto, diciendo que la mataban porque su padre habia dado noticia de ellos y de sus tierras a los españoles (Fritz en Maroni 1988: 342).

                La última referencia que Fritz hace de los Ticuna es que en su viaje de regreso del Gran Pará a San Joaquin, en 1702, él entra "á los Ticunas de Yauareté, por el río Yemé. Recibióme el cacique Irimara con señales de amistad y me prometió persuadiria a los suyos que se poblasen en buen sitio" (Ibid. 352).

                Es difícil saber con exactitud en que lugar estaba localizado este poblado, pero llama la atención que Fritz sólo haga referencia a esta aldea durante su viaje de regreso a San Joaquín de Omaguas, lo que podría ser un inidicio de que ya para esta época las demás “aldeas” Ticuna localizadas en las márgenes del río Amazonas, hubieran cambiado de lugar o estuvieran despobladas, lo que supondría la retirada de la población indígena hacia el interior de la selva.

                También llama la atención el nombre del cacique Ticuna "Irimara" al que se refiere Fritz, pués en 1542 durante la expedición de Orellana, Gaspar de Carvajal (1955: 55) señala que en la región del río Napo "tenia su asiento un principal señor llamado Irimara". Quedaría por investigar cual es la relación entre este cacique Irimara del siglo XVI y los Ticuna de Yauareté del siglo XVII.

                Los conflictos entre españoles y portugueses continuaron agudizándose en el siglo XVIII. En su efectivo proceso de expansión colonial los portugueses continuaron avanzando hasta ocupar las misiones españolas del alto Amazonas, en la provincia de Maynas. El padre jesuíta Andrés de Zárate, quien estuvo a acargo de las misiones del Marañón (Alto Amazonas), hizo una relación de los acontecimientos en estas misiones entre los años de 1725 y 1735. Zárate se refiere así a los conflictos hispano-lusitanos en las misiones de Omaguas, en los primeros años del siglo XVIII:

Son estos Omaguas...abitadores en sus prinzipios de las islas que forma el Marañon grande, desde más abajo del rio Uherate hasta el rio Negro. Y en este espacio los doctrinó el padre Samuel Frits, de nacion alemana, y misionero castellano de nuestra Compañia, á fines del siglo pasado, formando de ellos y de los Yurimaguas que los portugueses llaman Campevas y Solimanes, seis pueblos principales...A los principios de este siglo los acometieron los portugueses de el Pará y los ocuparon a fuerza de armas, arrojando de ellos al ya nombrado misionero y entregándolos a sus Padres Carmelitas Calzados, y despues no ha havido modo de rrecobrarlos por más que los misioneros y la provincia de Quito lo ha procurado solicitar en Lima y acá en Madrid.

 ... Despues, exiviendo una copia authenticada en el Pará, de zierta posesion que el capitan Pedro Tejeira tomó del rio de las Amazonas ó Marañon en tiempo de el señor Rey Phelipe Quarto, y de hórden de la Real Audiencia de Quito, quieren dezir que les perteneze hasta la boca del rio Napo, y poco a poco se an ido subiendo hasta el pueblo de San Juachin y aun hasta el de la Laguna, veinte dias de navegazion mas arriva de dicha boca, y se an jahtado más de una bez que no an de parar hasta apoderarse de todo el Perú. (Zárate en Maroni 1988: 430 y 432).

                Dentro de este panorama de conflictos por la posesión de la región del alto Amazonas/Solimões, los Omagua fueron quines más se vieron afectados debido al hecho de que ya se encontraban asentados en las misiones españolas, las cuales se convirtieron en el blanco de los ataques portugueses. Los misioneros españoles, por su parte, se vieron en serias dificultades en sus intentos por defender sus misiones de las avanzadas portuguesas. San Joaquín de Omaguas fue una de las reducciones españolas que más se vio afectada por las incursiones portuguesas, las cuales trajeron como consecuencia la huída de los indígenas de los pueblos de misión y el cautiverio de otros indígenas que fueron conducidos como esclavos al Pará. Por este motivo, San Joaquin debió ser trasladada varias veces de lugar, como una estrategia de los misioneros españoles para mantener a los indígenas en las reducciones:

Casi en el otro extremo de la Misión, cuatro dias más arriba del Napo, en las orillas del mismo Marañon, está la reduccion de San Joachin de Omaguas, que ha sido la más perseguida de los portugueses, causa de que los años antecedentes se haya disminuido mucho aquella nacion y trasplantado repetidas veces de uno á otro sitio. Desde mil setecientos veinte y tres en que su misionero el Padre Bernardo Zurmille, con indecible trabajo recogió los indios que iban fugitivos por los rios huyendo de las violencias de los portugueses y los pobló en el sitio en que están al presente, ha perseverado constante aquella reduccion, y se ha ido poco a poco incrementando con algunas familias de Mayorunas y Yemeos y dos años ha tambien con cerca de cien almas de la nacion de los Caumaris... Tiene hoy esta reduccion setenta y seis familias de Omaguas y casi otras tantas de diferentes naciones, que hacen cerca de seiscientas almas. Muchas más tuviera si el recelo de los portugueses no huviese abligado gran parte de los infieles a esconderse en lo más retirado de los bosques, y no hubiesen aquellos piratas llevado cautivos hacia el Gran Pará, mucha parte de algunas naciones más cercanas, como son los Mayorunas y Ticunas  (Ibid. 402-3).

                Aunque el P. Zárate confirma el hecho de que los Ticuna sufrieron también los efectos de las correrías de los portugueses, siendo conducidos a la ciudad de Belém de Pará en calidad de esclavos, sin embargo, se podría suponer que la mayor parte de la población Ticuna escapó de las correrías portuguesas y optó por esconderse en el interior de la selva, como una estrategia para evitar los enfrentamientos no sólo con los portugueses, como afirma el P. Zárate, sino también con los españoles y su sistema misional, frente al cual casi siempre mostraron señales de rachazo.

                En la segunda década del siglo XVIII, las avanzadas portuguesas continuaron extendiéndose hacia la parte más occidental de la provincia de Maynas, llegando incluso a otras regiones distantes como Sucumbios cerca a la actual ciudad de Pasto (Colombia). El padre Zárate se refiere a estos hechos en los siguientes términos:

               En el año de mil setecientos nueve subieron [los portugueses] al mismo pueblo [San Joaquin] y se llevaron a todos los yndios, dejando a los Padres Andrés Coba y Mathías Laso con sólo cuatro muchachos que los asistían... La Audiencia dispuso que el año siguiente bajasen algunos mestizos...para recobrar el pueblo y para contener estos insultos de los del Pará. Cojieron á zinco portugueses con su capitan Ygnacio Correa, y los llevaron a Quito, y a un religioso de el Cármen; a quien dejaron en el pueblo de San Joachin. Y en ese tiempo se volvieron a sus pueblos nuestros yndios, ezepto los que por hambre y mal tratamiento de los portugueses habian perezido, que fueron los más.

Esta expedición sirvió más a los portugueses y de alentarlos á repetir sus correrías, que de escarmentarlos y contenerlos.... Por eso volvieron los portugueses al mismo pueblo, el año de onze, y se llevaron presos no sólo a los indios que pudieron cojer, sino tambien al Padre Juan Bautista Sana y algunos mozos que le asistian... Despues de esto an sido la subida del Sargento maior de el Pará, Don Luis Morahes, hasta la Laguna, la de otros con ropa hasta los Sucumbios, zerca de Pasto, y la del Alférez que llevo dicho, hasta San Joachin. Y aunque estos últimos se an portado con moderazion y sin extorciones, los indios están amedrentados que aun en las poblaciones de vida zivil y christiana biben en continuo susto, y los gentiles se an retirado tierra adentro, á las quebradas, de manera que ia no se encuentra ni uno que biva a las orillas de el Marañon el Grande (Ibid. 436).

                La versión del lado portugués, sobre estos acontecimientos, es presentada por Luciano D' Azevedo en los siguientes términos:               

Entretanto, de tudo isto veio resultar um conflicto á mão armada, na fronteira. Em 1708 mandou o governador Christovam da Costa Freire notificar aos padres, companheiros de Fritz, que houvessen de abandonar sem tardança as missões. Obedeceram eles, mas em despique, baixou uma força castelhana ao territorio potuguez, expulsou os missionarios carmelitas, ali postos, queimou as aldeias a cargo destes, e regressou a Quito levando, com os outros, prisioneiro o capitão que havia forçado os jesuitas a retirarem-se. A isto se respondeou de nosso lado com equivalentes represalias. Os portuguezes apossaram-se novamente das missões, e voltaram ao Pará, trazendo em custodia o padre Sana, um dos que as ordens da côrte com mais empenho mandavam apprehender (D' Azevedo 1901: 221).

                Con excepción de esta incursión militar española contra los portugueses, las respuestas de los españoles ante las avanzadas portuguesas se caracterizaron por ser más de índole diplomática que militar, las cuales resultaron inútiles para controlar las efectivas incursiones portuguesas. No valieron las peticiones de los misioneros para que las autoridades españolas tomaran cartas en el asunto. Los obstáculos burocráticos y la negligencia, pero sobre todo, la real falta de interés del gobierno colonial español en esta región, que según quejas de los propios misioneros jesuítas (Ibid. 437), se debía a que en aquellos parajes no había riquezas que atrajeran a los españoles, fueron factores que permitieron sin mayores dificultades las avanzadas portuguesas hasta las regiones más al occidente de la provincia de Maynas. Bajo estas condiciones de abandono por parte de las autoridades españolas, los misioneros jesuítas del Alto Amazonas pensaron en la posibilidad de armar un ejército de indígenas para defender los pueblos de misión de las incursiones portuguesas (Ibid. 437), pero desafortunadamente el P. Zárate no da más información sobre el asunto.  

                El panorama de los conflictos fronterizos hispano-lusitanos, continuó agudizándose en los años siguientes. En 1737, los portugueses entran esta vez en la población de San Ignacio de Pebas, fundada en 1734. Ante esta situación, el P. Zárate, asumiendo las funciones que las autoridades gubernamentales españolas omitían, escribe un requerimiento al gobernador del Pará para protestar contra las incursiones portuguesas en esta región. En cercanías de esta población de San Ignácio de Pevas se encontraban también los Ticunas. El P. Zárate se refiere a un conflicto interétnico entre Pevas y Ticunas, motivado por una acusación de brujería que los primeros hicieron contra los segundos, lo que a su vez generó conflictos entre los Caumares y los Pevas. Zárate narra así este hecho:

              La causa de su mala fé y de la division con los Caumares, fué una grande y cruel traizion que dos meses antes havian cometido contra los Ticunas, sus amigos, pues haviéndolos combidado á poblarse binieron éstos á ber el sitio, y les agradó y se bolbieron a traer sus familias y sus cortos ajuares. Luego sobrebino a los Pevas una epidemia de catarro, de que enfermaron casi todos y murieron alguno otro, y se persuadieron bárbaramente que los Ticunas los havian echizado y querian matar, y sin más consejo determinaron la venganza.... Los caumares desaprobaron estas maldades de los Pevas y se desabrieron con ellos y aun estavan con recelo de que quisiesen intentar con ellos lo mismo que con los Ticunas... (Ibid. 441-2).

                Esto es significativo en la medida en que sólo hasta 1737 se vuelve a tener noticia de los Ticunas y ocupando el mismo territorio, lo cual confirma el hecho de que la estrategia de defensa predominante, que era internarse en la selva para colocarse a salvo tanto de los portugueses como de los españoles, les permitió permanecer en su propio territorio ocupando ya no las riberas del río Amazonas, sino los pequeños afluentes y zonas al interior de la selva.

                Todo parece indicar que durante el período en que se agudizan los conflictos fronterizos, es decir en la primera mitad del siglo XVIII, la tendencia de la pobación indígena era alejarse de las riberas del río Amazonas, de tal manera que para los navegantes que transitaban por esta región fronteriza que cien años atrás había sido la más densamente poblada, ahora aparecía como una zona deshabitada. Este hecho lo confirman las crónicas de viaje del científico francés Ch. M. de La Condamine, quien  saliendo de la ciudad de Jaén de Bracamoros, en 1743, llega hasta Belém do Pará en el año siguiente:

Contam-se seis o sete dias de jornada a pé (o que fizemos em três dias e outras tantas noite), entre Pebas, última missão espanhola, e São Paulo, a primeira missão portuguesa, servida pelos religiosos da Ordem de Monte Carmelo. Nesse intervalo, nenhuma habitação se encontra nas margens do rio. Aí é que começam as grandes ilhas, antes morada dos Omáguas...

Não há hoje em dia nenhuma nação guerreira inimiga dos Europeus nas margens do Maranhão: tôdas foram submetidas, ou se retiraram para longe (La Condamine 1944: 67 y 69).

No es de extrañar que para esta época las márgenes del río Amazonas sobre el trayecto comprendido entre San Ignácio de Pevas y São Paulo de Olivença, que corresponde al territorio Ticuna y a la región fronteriza hispano-lusitana, estuvieran prácticamente despobladas, pués los grupos indígenas que habitaban en las riberas del río habían sido trasladados por los misioneros españoles hacia las reducciones y éstas cada vez más hacia el occidente, en la medida en que avanzaba la expansión lusitana.

                Sin embargo, lo que se puede inferir a través de los datos hasta ahora examinados es que la población indígena evitó a toda costa verse involucrada en los conflictos hispano-lusitanos, a través de la estrategia de desocupación de las áreas de disputa, que eran las reducciones españolas comprendidas entre las desembocaduras de los ríos Napo y Putumayo/Içá. Esta estrategia de auto-aislamiento llegó a constituirse en una forma de resistencia a los intentos de españoles y portugueses de incorporar por la fuerza a la población indígena y sacar provecho de ella, según sus propios intereses sociales, económicos y políticos.

                En el proceso de configuración de la frontera hispano-lusitana, la firma del Tratado de Madrid en 1750 significó un triunfo para los intereses de la Corona portuguesa, debido a que España reconoce a Portugal la posesión de las tierras localizadas al occidente de la línea de Tordesillas, hasta la altura del rio Japurá/Caquetá, en el territorio amazónico (Loureiro 1978: 107). Poco después se inician los preparativos para la demarcación de las fronteras de los ríos Yavarí, Japura/Caquetá, Negro y Madeira, las cuales finalmente no se llegaron a efectuar debido a que, además de la resistencia que los jesuítas portugueses pusieron a este proceso, los representantes de las respectivas Coronas nunca llegaron a un acuerdo.

                Entre tanto, el Marqués de Pombal, nombrado por el gobierno lusitano como “secretario de negocios extranjeros y de guerra”, promulgó varias leyes que garatizaron la incorporación efectiva de la Amazonia a la Corona portuguesa, al mismo tiempo que constituyeron una arremetida jurídica contra las poblaciones indígenas[15].  En 1755 fue creada la Capitania de São Jose do Rio Negro, cuya sede sería la villa de São Francisco Xavier de Javari, la que según el jesuíta Manuel Uriarte que ya para esta época estaba encargado de las misiones españolas en al alto Amazonas, fue fundada por el jesuíta portugués Manoel dos Santos, en la desembocadura del río Yavarí. A esta población fueron reducidos los Ticuna de esta zona:

               Ya por este timpo (1756) comenzaron los trabajos de la Compañía en Portugal. El padre Manuel de los Santos...había fundado por orden de su Rey, el pueblo de San Francisco Javier, en la boca de Yauari, frontera de España.... Sacó el Padre de los montes como trecientos ticunas, hizo buena casa y trazaba buena iglesia... (Uriarte 1986: 241).

           Es sólo hasta esta época cuando los Ticuna comienzan realmente a ser sometidos a la vida de los pueblos de misión, lo cual confirma que hasta entonces la estrategia de auto-aislamiento en el interior de la selva les había permitido continuar ocupando su territorio, apartados en la medida de lo posible del contacto directo y constante con los colonizadores europeos. Así como sucedió en Yavari, recién hacia 1756, los Ticuna aparecen como neófitos en la población de Pebas. El padre Uriarte, al respecto, afirma lo siguiente:

              Por septiembre, supe que los ticunas habían aumentado con parientes a pebas... Y por diciembre otros cincuenta y cuatro ticunas de Renete, junto a Yauri, se vinieron a Pebas y bautizó el P. Bahamonde veintisiete párvulos (Ibid. 248-9).

              En 1761 el jesuita Joaquín Hedel, inició el pueblo de Loreto de Ticunas, localizado sobre la márgen izquierda del río Amazonas, frente a la isla de Cacao, en proximidades de la actual población de Mocagua en el trapecio amazónico colombiano (Cf. Zárate Botía 1997:20). Esta sería la primera reducción a ser poblada en su mayor parte por indígenas Ticuna, y el último pueblo de misión en las posesiones españolas, localizado en la región fronteriza con las posesiones portuguesas. De esta manera, los Ticunas se ven enfrentados a lo que en términos de Goulard (1998:79) se denomina  un “proceso forzado de fluvialización”.

                Los datos obtenidos hasta el momento inducen a pensar que el nuecleamiento de la población Ticuna en los pueblos de misión españoles se produjo hacia la segunda mitad del siglo XVIII, como consecuencia de los procesos de definición de la frontera hispano-lusitana que para esta época comenzaba a consolidarse en las bocas del río Yavarí. El anunciado proceso de demarcación de los límites entre España y Portugal, generó expectativas entre los jesuitas y la población nativa, quienes ya se estaban preparando para tal acontecimiento:

               Y todos esperaban con ansia los Apus [jefes] esperando los regalarían mucho y quedaría la misión con la demarcación muy dilatada hasta la boca grande del Yapurá....y podrían comunicar con sus pariente omaguas y yurimaguas de Portugal, y a nuestros padres, sin temor de carayoas [portugueses], pues aunque Fray Joan habia mudado a su lado San Pablo [de Olivença], sabido quedaría para España... y los mismos indios se hubieran vuelto a los castellanos, como conquistados por ellos y el P. Fritz ( Ibid. 308).

               Pero los conflictos entre las metrópolis acabaron pronto con la expectativas de la demarcación, causando conmoción entre la población nativa y nuevas retiradas de los indígenas hacia el interior de la selva motivadas por el temor a los portugueses:

...primero vino la noticia de la muerte del comisario español; despues la de nuestro Don Fernando; despues la novedad de que el Rey Don Carlos no quería demarcaciones, y últimamente la de la guerra que declaró su Majestad contra Inglaterra y Portugal. Con que se echó un jarro de agua a todo; y aunque procuramos al principio ocultarlo a los indios, diciendo habían muerto los reyes viejos y estos mozos ya no querían demarcaciones, mas el buen Gobernador, sobrecogido del susto, con motivo de que iba a prevenir gente, se fue, como huyendo y dijo a los indios que habia guerra con los carayoas, que se mantuvieran fuertes, que él iba a traer a soldados castellanos que los defendiesen... Con esta ocasión escribí al Padre Provincial Herse las providencias que de nuestra parte habíamos dado a las circunstancias, añadiendo protestase a la Audiencia, los daños que se siguiesen si no enviaba providencias y gente, con buenos cabos, que defendiesen la frontera caso que acometiese el portugués... Ordenábame avisase a todos los misioneros quemaran o cortaran los indios las chagras, para que no se aprovechase el enemigo de ellas, y subiendo arriba los padres con las alhajas de la iglesia, se retirasen todos a los montes. ...Escribí a mis padres compañeros permaneciesen con sus gentes... que los pueblos portugueses estaban exhaustos con la peste y fugas, que aun ni para mitayos tenían en Yauri ... y finalmente que los mismos soldados enviados decían no temiesen nuestros indios, que tenían orden expresa de estar sólo a la defensa, en caso de que acometiesen los blancos de Castilla... mas como los indios de arriba contaban lo que oían sus Padres, algunos temerosos se nos fueron escondiendo en las chagras, especialmente masamaes y mayorunas. ... Entre tanto, nuestros espías daban cuenta de lo que pasaba abajo; ya tuvo el P. Bahamonde noticias ciertas que habian puesto unos cuarenta soldados en Tauatini [Tabatinga], más abajo de Ticunas. En breve desertó su cabo-escuadra, cogió indios y canoas en Loreto, después en Pebas, llegó a Omaguas, y muy humilde pidió lo aviasen para arriba cuanto antes, como hice.... Decía el desertor estaban los de abajo en mucha necesidad, que no había gente y que los miserables soldados andaban descalzos y remendados por falta de providencias y pagas. Y si no fuera por el temor de los castigos, todos se huyeran a España (Uriarte 1986: 309-12).

             Los conflictos limítrofes afectaron a la población nativa debido al temor que les producía el saberse suceptibles de pasar a ser posesión de los Portugueses. Esto motivó desplazamientos poblacionales hacia las misiones españolas para evitar esta posibilidad que aún estaba latente. El temor a las prácticas esclavistas de los portugueses fue uno de los motivos que llevaron a los Ticuna a buscar refugio en las misiones españolas. De esta manera se inicia tardiamente el proceso de reducción de la población Ticuna en los pueblos de misión y su iniciación en el Castellano y la catequización. Sobre los Ticunas de la población de Loreto, el P.Uriarte dice:

              Pero, sobre todo, me parlaban de los carayoas [portugueses] vecinos, a quienes temían y me decían querían estar con los Padres castellanos y aprender la lengua; y de hecho sabían ya algunas palabras, porque el P. Montes, mi antecesor, condescendiendo con ellos y por una cédula que había de nuestros Reyes, procuró hablarles y rezar algunas veces en Castellano. Daba yo mil gracias a Dios de ver tan buenas disposiciones para entablar una floridísima y numerosa misión en aquellas últimas partes del mundo, porque la nación ticuna era muy crecida, toda estaba por la parte que tocaba al dominio de España, según la línea divisoria y lo confesaban los portugueses. Dijéronme los mandones que otra parcialidad muy numerosa de sus amigos quería hacer otro pueblo en un día más arriba de éste, que sólo aguardaba que el padre les asegurase defenderlos de los carayoas. Respondiles que estando en términos del Rey de Castilla, no temiesen ser acometidos ni llevados a Portugal (Ibid: 469-470).

               Los efectos de los conflictos fronterizos impactaron a la población Ticuna en forma negativa en la medida en que motivaron desplazamientos poblacionales forzosos, obligando a los indígenas a buscar refugio en el interior de la selva para ponerse a salvo de los posibles enfrentamientos entre las fuerzas encontradas. Pero, sobre todo, el objetivo de estos desplazamientos al interior de la selva era escapar de las prácticas esclavistas de los portugueses, quienes mantuvieron el régimen de esclavitud indígena durante todo el siglo XVIII y gran parte del siglo XIX. De otro lado, los Ticuna también fueron obligados por los misioneros españoles y portugueses a formar parte de las reducciones donde eran sometidos a la catequización en el cristianismo, cuyos principios riñeron siempre con las tradiciones y rituales de este grupo por considerarlos “paganos”. Finalmente, frente al temor de las prácticas esclavistas de los portugueses y en último caso, los Ticuna se vieron obligados a buscar refugio en las misiones españolas donde las actividades de los jesuitas se mostraban más a su favor. Pero esta incorporación “voluntaria” a las misiones españolas sólo vino a manifestarse en los últimos años del período colonial, cuando las presiones de los portugueses sobre el territorio ticuna se incrementaron. Con la expulsión de los jesuítas -que se produjo hacia 1767 en las colonias hispánicas y unos años antes en la portuguesa-, buena parte de los territorios de misión en la Amazonia quedaron fuera de la salvaguarda de estos misioneros quienes a pesar de todas la dificultades se constituían en los únicos defensores en terreno de los derechos de posesión de España en esta región de fronteras. Este hecho facilitó nuevas incursiones de los portugueses en la región del Alto Amazonas, quienes ya para 1768 habían tomado posesión de las tierras más arriba del Yavarí, fundando el fuerte de Tabatinga, que dio origen a la actual ciudad fronteriza:

No habíamos andado medio día río abajo, cuando encontramos en este mismo lado de la izquierda del Marañón (que pertenecía a los dominios de España, según la línea divisoria, más de trecientas leguas hasta la boca del río Negro o Zapura), en cierta tierra alta llamada Taguatina (quiere decir en lengua Omagua tierra blanca), un cabo portugués con doce soldados y algunos indios suyos, que estaban desmontando hacia la orilla para tomar posesión por orden del gobernador del Pará (esto no lo hubiera hecho si hubiéramos quedado los jesuítas españoles en la Misión); más luego que supo nuestro destierro, quizo aprovechar el tiempo para hurtar; y quizá el gobernador nuestro dió parte cuando lo supo a la Corte. Y esto, con lo de Buenos Aires, habrá dado motivo a los aparatos de guerra que ahora corren ya en España contra Portugal (Ibid. 531).

             La versión de este hecho, en la voz de un historiador brasilero amazonense, dice lo siguiente:

O Solimões continuou alvo das ambições espanholas, mesmo após a expulsão dos jesuítas. Para protegê-lo de invasões, estabeleceu-se, em 1757, em Maturá, depois Castro de Avelãs, uma guarnição, transferida em 1759 para a Vila de São José do Javari. Em 1768 o Alferes Francisco Coelho determinou que o sargento Francisco Franco, acompanhado de 9 soldados, se postasse em Tabatinga, local situado em frente à Vila. Tabatinga logo progrediu, tronando-se, a 8 de maio de 1770, em freguesia e, em 1774 elevou-se à categoria de Vila, com o nome de Francisco Xavier de Tabatinga. O forte ali existente era de madeira e, somente em 1873, foi construido em pedra (Souto Loureiro 1978:153).

                Con el tratado de Madrid de 1750, se aplicó el principio del derecho civil romano, el Uti possidetis, al campo de las relaciones entre los estados coloniales. Si el tratado de Tordesillas establecía el Uti possidetis juris (posesión de derecho), el tratado de Madrid reglamentó el Uti possidetis facti (posesión de hecho), que significó el reconocimiento de las pesesiones portuguesas (Lucena Giraldo 1991:15). El tratado de Madrid estipulaba la realización de expediciones con el fin de determinar y efectuar el amojonamiento físico de las posesiones respectivas de España y Portugal, lo que en realidad nunca se llevó a cabo. En 1760, cuando Carlos III asume el trono de España, se anula el tratado de Madrid y se firma el tratado de El Pardo en 1761, según el cual la frontera hispano-lusitana volvería a definirse según los términos de la situación anterior a 1750. Sin embargo, la situación en la frontera ya había sufrido modificaciones a nivel administrativo y en el desarrollo regional, colocando a los portugueses en fuerte ventaja frente a las abandonadas posesiones españolas. El tratado de San Idelfonso, firmado en 1777, tampoco significó una solución a los problemas fronterizos hispano-lusitanos, pero sirvió para establecer un sece de hostilidades y dar comienzo a una negociación entre las dos Coronas (Ibid. 24-25). Las tareas de definición de la línea divisoria fueron delegadas a la llamada “Comisión del Marañón”, al mando de Francisco de Requena, quien se ocupó de la dirección política y científica de la expedición, además de ser nombrado Gobernador de Maynas en 1778. Según los parámetros legales del nuevo tratado, el fuerte de Tabatinga debía ser entregado por los portugueses a la vez que éstos reclamaban los fuertes españoles sobre el río Negro. Pero los conflictos limítrofes hispano-lusitanos tampoco fueron resueltos por las actividades de la Comisión, hasta 1804, cuendo se ordena su disolución.

                Como señala Zárate Botía (Cf. 1997: 21), el siglo XVIII finaliza sin haberse efectuado la definición de los dominios territoriales de España y Portugal en el alto Amazonas. Todos los intentos por el establecimiento de límites específicos fueron en vano y los conflictos fronterizos continuaron prolongándose en el siglo XIX. Con las luchas independentistas de las colonias hispanoamericanas, que se inician en 1810, comienzan los procesos de formación de los regímenes republicanos y los procesos de construcción de los diferentes Estados-nación. Fueron las nacientes repúblicas quienes debieron asumir los procesos de definición de fronteras, como factor importante en la consolidación de los Estados nacionales.

1.2.           La consolidación de las fronteras nacionales: Siglos XIX y XX

               En la primera mitad del siglo XIX, los movimientos independentistas promovidos por las élites criollas en las colonias hispanoamericanas conllevaron al establecimiento de regímenes republicanos y a los procesos de construcción de los diferentes Estados nacionales. En el caso del Brasil, este proceso de inició en 1822 con el establecimiento del Imperio, pero sólo se consolidó hacia fines del siglo, con la proclamación de la República. La región del alto Amazonas/Solimões, durante esta época, fue escenario de disputas y negociaciones diplomáticas entre los nacientes Estados nacionales por el derecho de posesión de estos territorios. Con el Brasil, tanto Colombia como Perú definieron su situación limítrofe de manera independiente, pero entre éstos dos últimos las disputas territoriales sólo terminaron ya bien entrado el siglo XX, cuando a raiz del llamado conflicto colombo-peruano, se definen los límites entre estos dos países, quedando finalmente configurada la actual región de fronteras entre Brasil, Colombia y Perú. El cambio en los sistemas políticos, así como los diferentes procesos socio-económicos que se inician en la Amazonia en el siglo XIX con el auge de las economías extractivas y los posteriores conflictos limítrofes, fueron factores que afectaron la población indígena, cuyos efectos sobre la población Ticuna vamos a considerar en seguida.

1.2.1.       La región de fronteras en la primera mitad del siglo XIX

                Después de la expulsión de los Jesuítas, Francisco de Requena, como Gobernador de Maynas, propone a la Corte de Madrid que la Comandancia General de Maynas sea segregada del Virreynato de Santa Fé y Provincia de Quito, pasando a depender del Virreynato del Perú, desde donde se facilitaría el atendimiento a esta región. En 1802 el Rey acata las recomendaciones de Requena, además de colocar dicha región bajo la tutela de los misioneros franciscanos de Ocopa, a quienes se encomendó la atención espiritual de los nativos. Pero los franciscanos optaron por retirarse, quedando la región en manos de clérigos seglares (San Román 1975:110).

                Los conflictos por la definición de límites continuaron en situación similar a la de los años precedentes, es decir, sin realmente haberse consolidado la definición de la frontera todavía por parte de los gobiernos coloniales. Sólo hasta 1810, con la definición del Uti possidetis como figura jurídica que reglamentó el derecho civil americano, se sentarían las bases para la posterior definición de límites. Con el cambio de régimen político y apartir de los incipientes procesos de construcción de los Estados- nación, la situación en las antiguas posesiones hispánicas no sufrió grandes transformaciones, pues para los gobiernos de las nacientes repúblicas del Perú y específicamente para Colombia, la región amazónica continuaba siendo un lugar inhóspito, que no merecía la atención de la nueva administración nacional. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XIX, la región continuó siendo objeto de las avanzadas de los luso-brasileros, cuyo último fuerte era Tabatinga, y desde el cual se desplazaban río arriba llegando hasta la isla de Ronda, donde habían establecido una base para patrullar la frontera (Wilkens de Mattos [1874] 1984:125).

          En contraste con la situación de abandono por parte de las autoridades nacionales en las jurisdicciones amazónicas peruanas y colombianas, ya en la región del alto Solimões brasilero se continuaba sentando presencia militar y creando instituciones gubernamentales que promovieron el establecimiento de escuelas e incentivaron la creación de “fazendas” ganaderas donde también se producía algodón, añil, café y tabaco (Loureiro 1978: 138). Todas estas estrategias contribuyeron a consolidar la presencia del Estado brasilero en la región.

             Después de los procesos independentistas, la gobernación de Maynas pasó a formar parte del Departamento de Trujillo (Perú) hasta 1832, cuando se creó el departamento de Amazonas, pasando Maynas a ser una de sus provincias, en tanto que Loreto, la región fronteriza, llegó a constituirse en uno de sus distritos. En 1868 se creó el departamento de Loreto, siendo su capital la ciudad de Iquitos (San Román 1975: 110-2). En Colombia, el llamado territorio Putumayo-Caquetá y Amazonas, dependía del Estado del Cauca. Y en el Brasil, la Capitania de São José do Rio Negro, perteneciente al Estado de Amazonas, quedó adherida al Imperio brasilero en 1823 (Loureiro 1978:169).

               Las fuentes que proporcionan información sobre la situación de los indígenas Ticuna durante esta época son los diarios de viaje de exploradores y naturalistas y los relatorios de funcionarios oficiales que vivieron en la región. En 1813 se funda la población de Caballo-cocha, sobre la margen derecha del río Amazonas en el distrito de Loreto (Perú), “con indígenas Ticunas y brasileros” (Wilkens de Mattos[16]: 1874:12), de lo cual se puede inferir que las fronteras permitían el tránsito de personal de un lado a otro, debido principalmente a las alianzas comerciales entre brasileros y peruanos que ya habían iniciado la explotación de recursos naturales de la selva, actividad en la que los indígenas fueron utilizados como fuente principal de mano de obra. Paul Marcoy, el científico francés que viajó por el río Amazonas en 1848, referiéndose a este hecho comenta lo siguiente:

               Al salir del canal que une el Amazonas al lago de Caballococha, remamos el río en diagonal para alcanzar el pueblo de Loreto...última posesión del Perú que el viajero encuentra sobre el río... Esta morada, peruana de derecho, pero brasilera de hecho, es habitada por comerciantes portugueses que hacen un pequeño comercio de zarzaparrilla, de algodón y pescado salado... Los nietos de los neófitos, indios de raza ticuna, viven hoy en día en estado natural en las riberas del Atacuari (Marcoy 1866 : 142; traducción mía del francés).

Los luso-brasileros continuaron sentando presencia en el entonces territorio peruano, llegando incluso hasta el río Ucayali para abastecer los pequeños mercados con productos de procedencia europea, los cuales eran intercambiados por productos extractivos como la zarzaparrilla, quina y caucho que ya alcanzaban altos precios en el mercado de Europa. En la población de Loreto se ubicaban tres casas comerciales pertenecientes a los portugueses (Herndon: 1991:303).

                Según Marcoy, hacia mediados del siglo XIX, la isla de Ronda localizada en cercanías de la actual ciudad de Leticia, estaba ocupada por militares brasileros quienes habían construido una base para patrullar sus territorios. De ahí que la isla haya tomado el nombre de “Ronda”, debido a las actividades de patrullaje ejercidas (Ibid. 152). A partir de 1851, la isla pasa a pertenecer al Perú (Wilkens de Mattos: 1984: 125). El proceso de configuración de las fronteras coloniales y nacionales surtió efectos sobre la población Ticuna que Marcoy destaca y resume de la siguiente manera:

... las fuerzas numéricas de los ticunas no son más en relación con la extensión del país que esos indígenas ocuparon en otro tiempo. Ocupados, trasladados y catequizados por los Carmelitas portugueses y los Jesuítas españoles, que, en razón de las pretensiones de sus gobiernos, cosideran la nación ticuna como su propiedad legítima y se han disputado la posesión a mano armada, estos indígenas, ya afables por acción de las dos fuerzas contrarias incideindo sobre ellos después de un medio siglo, fueron diezmados por la viruela y el cólera.... Lo que resta hoy de la nación ticuna puede formar un total de población de ciento cincuenta individuos; todos viven sobre las riberas del Atacuari y sus afluentes (Marcoy S. F. 146; traducción mía del francés).

                Si bien podemos pensar que la población Ticuna se vio diezmada como consecuencia de las epidemias de origen europeo, de lo cual no se tienen cifras exactas, sin embargo, la estrategia de resistencia predominante que los Ticuna mantuvieron durante todo el período colonial y que continuaron manteniendo posteriormente, a través del ocultamiento en el interior de la selva como habitat que conocían y al cual ya estaban acostumbrados, pudo haberse constituido también en un mecanismo efectivo que los mantuvo a salvo de contagios masivos, por lo menos hasta su contacto permanente con las misiones españolas y los poblados portugueses. Esta estrategia les permitió además la continuidad de sus dinámicas socio-culturales, que pudieron controlar con mayor independencia que otros pueblos indígenas que estuvieron en permanente contacto con los europeos. Esta estrategia que podríamos denominar de exo-invisibilización, es decir, hacerse “invisibles” a los Otros, tratando de mantenerse alejados y evitando involucrarse en sus dinámicas socio-culturales de los blancos al mismo tiempo que buscan reafirmarse en las propias, continuó siendo utilizada por los Ticuna en el siglo XIX, frente a las nuevas poblaciones nacionales. Por su apatía y negación a involucrarse en las actividades de los “blancos” (sacerdotes, colonos, funcionarios y comerciantes) que comenzaban a conformar las diferentes poblaciones nacionales, los Ticuna fueron catalogados como “infieles” y “salvajes”, en contraste con otros pueblos indígenas ya “civilizados”, y llegaron a constituirse en una opción de vida para miembros de otros grupos indígenas que igualmente se resistían a las prácticas civilizatorias por parte de los “blancos”. El explorador norteamericano Herndon, quien realizó una expedición por la Amazonia en 1850, sobre la población de Sarayacu, en el Ucayali, escribe lo siguiente:

...la población [indígenas Pano] está constantemente disminuyendo. El padre Calvo, atribuye ésto a la deserción. Dice que muchos descienden al Amazonas con viajeros y cargamentos y que nunca más regresan ya que ésto se les hace difícil, o se establecen en poblados a orillas del río o bien se unen a los ticunas o a otras tribus infieles (Herndon [1853] 1991:272).

             Las fuentes del siglo XIX demuestran que los Ticuna continuaron prefiriendo lugares al interior de la selva y en las márgenes de los pequeños rios para establecer sus asentamientos. Recordemos que Marcoy los encuentra en torno al río Atacuari, que hoy contituye parte de los límetes entre Colombia y Perú, así como también ocupando las riberas de otros pequeños ríos “Yacanga y Yanayaquina” que el autor dice ser afluentes de la margen derecha e izquierda del Amazonas (Marcoy 1866: 142). Herndon los encuentra entre Peruaté -un poco más abajo de Pebas- y en São Paulo de Olivença, trayecto en el que la mayor parte de la población Ticuna se encontraba en asentamientos relativamente alejados de las riberas del río Amazonas:

 [Maromoreté]...consiste en una casa de indios cristianizados. A una milla tierra adentro hay una casa de Ticunas.

El poblado [Caballo-cocha] está situado en el caño, a una milla y media de la entrada y a la misma distancia del lago. Tiene docientos setenta y cinco habitantes, la mayoría indios ticuna (Herndon 1991: 298).

La población de Loreto [localizada sobre la márgen izquierda del río Amazonas] es de docientos cincuenta habitantes, conformada por brasileros, mulatos, negros y algunos indios ticuna. Es un puesto fronterizo del Perú. Hay unas cuantas millas de territorio neutral entre éste y Tabatinga, la frontera de Brasil (Ibid. 303, énfasis mío).

Era bastante agradable, después de venir de los poblados peruanos que están escondidos en la selva, ver que en Tabatinga se había limpiado la vegetación.... Hay pocas casas que ver ya que los ticunas todavía están en la selva (Ibid 304).

[En São Paulo de Olivença] La población es de trecientos cincuenta habitantes, conformada por treinta blancos y el resto por indios ticunas y juríes (Ibid. 307).

 Estos comentarios confirman en el siglo XIX los Ticuna continúan prefiriendo lugares al interior de la selva, en las riberas de los pequeños ríos, como sitios para establecer sus asentamientos, además de su preferencia por consolidar poblados monoétnicos. Esto se evidencia específicamente en el entonces territorio peruano, donde la excepción es el poblado de Loreto (que surgió en el siglo XVIII como la única reducción conformada sólo por indígenas Ticuna), descrito por Herndon como un poblado de brasileros, mulatos y negros y sólo algunos Ticunas, lo cual confirma su preferencia por permanecer alejados de las riberas del río Amazonas y del contacto permanente con los “blancos”. 

1.2.2.      El auge de las economías extractivas y sus efectos sobre la población Ticuna

                A mediados del siglo XIX, la región amazónica se constituye en un escenario económico privilegiado debido al auge de la extracción de productos naturales de la selva, los cuales alcanzaron altos precios en los mercados internacionales, específicamente el caucho o “borracha” que se convirtió en un producto básico para el desarrollo industrial de las metrópolis europeas.

              La región fronteriza del alto Amazonas/ Solimões no escapó a estos procesos que si bien impulsaron el desarrollo económico de los Estados nacionales que comenzaban a consolidarse, al mismo tiempo que generaron riqueza para una pequeña parte de la población blanca asentada en el área, sin embargo, el auge de las economías extractivas también significó la reactivación de prácticas esclavistas sobre la población indígena, que fue la principal fuente de mano de obra. Estas prácticas esclavistas condujeron al casi total exterminio físico (genocidio) de pueblos indígenas como los Huitoto, Bora y Andoque, del medio Putumayo / Içá, la región más afectada por la explotación cauchera y donde se localizaron las principales casas comerciales[17].

                En la primera mitad del siglo XIX, la región fronteriza fue escenario de la extracción de zarzaparrilla, actividad desarrollada tanto en el lado peruano como brasilero, y de aceite de huevos de tortuga, cuya extracción fue realizada especialmente en el Brasil. La extracción y comercio de estos productos eran controlados principalmente por luso-brasileros, propietarios de las casas comerciales localizadas entre Loreto y Ega (Tefé).

                El auge de la extracción del caucho o “seringa” que se inicia en la segunda mitad del siglo XIX, llegó a tranformar también la composición étnica de la población en la Amazonia en la medida en que incentivó la inmigración de población extranjera para colonizar esta región, especialmente en el Perú. En el Brasil este proceso incentivó la migración de población del interior del país, específicamente de nordestinos. Estos serían los fundadores y pobladores de las nuevas aldeas que en esta región comenzaron a surgir:

Ao Javari também chegaram as levas de nordestinos e João Facundo de Castro Menezes semeou siringais às márgens, trazendo 500 cearenses, no navio Hualaga na penúltima década do século XIX, tendo explorado o Coruçá. O colombiano Antonio Angarita e Alfredo Raimundo de Oliveira Bastos também foran antigos habitantes da região.

João Facundo e Bastos fundaram Remate de Males, hoje destruído pela fúria do rio, mas que deu origem a Benjamin Constant, numa primeira etapa, quando parte de sua população mudose para o siringal Santo Antônio e depois para o siringal Esperança e numa segunda etapa para Atalaia do Norte (Loureiro 1978:155).

                Además de los migrantes nordestinos, la mano de obra indígena constituyó la base de sustento de las economías extractivas en la región amazónica, y su aprovechamiento en el Brasil fue reglamentado a través del establecimiento de una institución denominada “corpos de trabalhadores”, cuyo objetivo era “dar empleo a un excesivo número de tapuios [así eran llamados los peones indígenas en el Brasil] negros, mestizos; gente carente de civilización y educación que excedía en más de tres cuartas partes, a la parte de la población respetable, trabajadora e industriosa” (Jerónimo Francisco Coelho, Presidente de la Provincia del Amazonas (Brasil) en 1850; Apud. Herndon 1991:321-2). Dichas disposiciones legales brasileras no solamente dieron vía libre al uso de mano de obra indígena, sino que obligaban a esta población a formar parte de los “corpos de trabalhadores”. Herndon se refiere a esta situación en los siguientes términos:

               Todos los indios cristianizados de la provincia del Pará.... están empadronados y obligados a servir al Estado, ya sea como soldados de la Guardia Policial o como miembros del Corpos de trabalhadores, distribuidos entre las diferentes divisiones territoriales (comarcas) de la Provincia. Hay nueve de estos Cuerpos que hacen un total de siete mil setecientos cuarenta y cuatro, con ciento ochenta y dos oficiales (Herndon 1991: 321).

                Aunque los indígenas de los “corpos de trabalhadores” empleados por los propietarios de las casas comerciales recibían algún salario, sin embargo, esta institución legalizaba la continuidad de las prácticas esclavistas en el territorio brasilero, lo cual motivó que muchos indígenas se desplazaran al territorio peruano y colombiano, o bien se internaran en la selva, como estrategias para escapar de los malos tratos que recibían en los centros de extracción y comercialización:

             Estos cuerpos proporcionan trabajadores al comerciante, al viajero o al recolector de frutas de la región.... y una mayoría de ellos se ha convertido en esclavos particulares... Los esclavos desertan a España (como se llama aquí [Tefé] al Perú, al Ecuador y a Nueva Granada). (Ibid. 322-3).

                En el Brasil, los Ticuna también pasaron a conformar los “corpos de trabalhadores”. Esto es claro en las crónicas de Herndon, cuando al pasar por Tabatinga:

Le pedí [al comandante del Fuerte] que me diera más peones. Me dijo “por supuesto”, envió a un grupo de soldados y arrestó a cinco ticunas. Los puso en el cuartel hasta que estuviera listo para partir; en ese momento los llevaron al bote y envió a un soldado negro para que los cuidara (ibid. 306).

                Sin embargo, la poca disposición de los Ticuna para cumplir las órdenes de su nuevo “patrón” hace que el próprio Herndon, con su visión etnocéntrica, se queje de su comportamiento apático, el cual asocia al hecho de estar bajo el régimen de los brasileros:

                Los ticunas que tuve conmigo fueron la gente más perezosa e inútil con la que hasta ahora tuve algo que ver. Pienso que ésto no es característico de la tribu, ya que parecían bastante bien bajo las órdenes del padre Flórez en Caballococha y generalmente gozan de buena reputación entre los blancos del río. Me imagino que la proximidad de la guarnición de Tabatinga no tiene un buen efecto sobre sus modales y su moral...Tomaría muchos años de trabajo sagaz por parte de sus gobernantes, civilizar a esta gente, si es que fuera posible hacerlo del todo (Ibid. 315).

                Es significativa esta diferencia de comportamiento que Herndon detecta entre los Ticuna de uno y otro lado de la frontera, la cual podría estar relacionada con el impacto de las instituciones que las administraciones de los respectivos Estados-nación habían comenzado a implementar. De esta manera, se percibe cómo las diversas políticas generadas por los Estados afectaron en forma diferenciada a los Ticuna. Sin embargo, no todos los pueblos indígenas tuvieron las mismas reacciones frente a esta situación. A diferencia de los Ticuna, quienes durante las diversas situaciones de contacto con los “blancos” mostraron una tendencia hacia la evitación y el rechazo, los Cocama, sus vecinos territoriales del lado peruano, bucaron vincularse temporalmente como mano de obra en las actividades extractivistas de los luso-brasileros:

              Es algo curioso que tantos indios peruanos trabajen en el Brasil, pero demuestra que ellos han superado la condición de salvajes, ya que a pesar de que se les trata peor en el Brasil y se les priva de la completa libertad que tienen en el Perú, se les paga algo, adquieren una propiedad aunque no sea nada más que una caja de madera pintada, con bisagras y un cerrojo (la cosa que más codician), con una camisa y pantalones de colores para guardarlos en ella, reservándolos para días de fiesta. Con dicha caja y contenido, una hachuela, un sable corto y una gorra roja de lana, el indio peruano regresa a su hogar como un hombre rico y envidiado, induciendo a otros a descender con la esperanza de obtener una fortuna similar. ...No pude hacer un cálculo de indios peruanos en el Brasil, pero observé que la mayoría de tapuios eran Cocamas y Cocamillas del alto Amazonas (Ibid. 325).

                Aunque los Ticuna evitaron involucrarse con los “blancos”, incluso como mano de obra en los procesos extrativistas, sin embargo, no pudieron escapar al tráfico de esclavos que a mediados del siglo XIX se intensifica debido a la gran demanda de mano de obra en la extracción y procesamiento del caucho, cuya producción también se intensifica en esta época. Según Hemming (1987: 302) los Ticuna fueron uno de los pueblos indígenas que más sufrió debido al tráfico de esclavos, junto con los Miraña en el río Caquetá/Japurá, los Bora y los Huitoto, en el río Putumayo/Iça y sus afluentes.

                En la región de fronteras la extracción del caucho se inició a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando la explotación cauchera que se había iniciado más de medio siglo antes en otras partes de la Amazonia, comenzaba a surtir efectos debastadores sobre los cauchales o cuando otros ya estaban bajo el control de empresarios poderosos (Dominguez & Gómez 1994: 223). San Román (1975: 133-6), presenta una relación de los “fundos gomeros” que existían sobre las márgenes del río Amazonas en 1904, datos que corfirman la existencia de varios centros de explotación cauchera en el territorio Ticuna, entre Atacuari (actual frontera entre Colombia y Perú) y Tabatinga (Brasil), algunos de ellos localizados en sitios que hoy corresponden a asentamientos Ticunas, tales como: Atacuari, Boyahuazú, Loretoyaco, Socó, Tarapoto, Hamacayacu (en Colombia); Bufeo, Cuchillo-cocha, Caballo-cocha, Serra, Erené y Gamboa (en Perú), nombrando también un lugar denominado “cocha de Tabatinga”, que supuestamente se encontraría en cercanías de la ciudad de Tabatinga (Brasil).

                Dominguez & Gómez (1994: 25) señalan que a finales de los años veinte se sabía de la existencia de gomales en las bocas del río Atacuari, Valencia, Esperanza (sin localización exacta), Boca del Loretuyaco, La Ronda (frente a la isla de Ronda) y La Victoria, en proximidades de la actual ciudad de Leticia. Según estos autores, la explotación cauchera en esta región de fronteras se inicia tardiamente, cuando la crisis de los precios en el mercado comenzaba a desmantelar los establecimientos caucheros del  bajo Putumayo. Sin embargo, en el área entre Atacuari y Leticia surgieron intentos por consolidar establecimientos permanentes, aunque a corto plazo. En efecto, los “fundos gomeros” en la frontera entre Perú y Colombia, al parecer, no duraron mucho tiempo. Una de las posibles causas de su extinción pudo ser el hecho de que los conflictos limítrofes que desenbocaron en el llamado conflicto colombo-peruano, en 1932, colocó esta región en una situación de tensión que obligó a la población asentada en el área, especialmente a la población Ticuna, a desplazarse hacia otras regiones tales como los pequeños pueblos e islas en las márgenes del Solimões, en el lado brasilero, o bien a internarse nuevamente en la selva como estrategia para ponerse a salvo de los posibles enfrentamientos bélicos.

                En el Brasil, la explotación cauchera afectó en forma más aguda a la población Ticuna, según se puede constatar por las investigaciones de Kurt Nimuendajú (1952), Roberto Cardoso de Oliveira [1964] y João Pacheco de Oliveira (1988). De estas investigaciones se deduce que la extracción de “seringa” (variedad de caucho de mayor productividad y que alcanzó mayores precios en el mercado) fue más intensa que en el área fronteriza entre Colombia y Perú. Kurt Nimuendajú (1952), el primer antropólogo que realizó investigaciones con los Ticuna en este país, señala que el auge de la explotación de la siringa significó para éstos “una época de explotación, esclavismo y humillación bajo el talón de “patrões” codiciosos”, y que todavía en los años cuarenta (época que en realizó su trabajo de campo), algunos propietarios que vivían en las bocas de los igarapés querían continuar manteniendo a los Ticuna sujetos a su patronage (Nimuendajú 1952:9, traducción mía del inglés).

                Las investigaciones de João Pacheco de Oliveira (1988: 60-87) demuestran que los siringales en el alto Solimões comenzaron a formarse a finales del siglo XIX. Entre 1896 y 1922 se establecieron los primeros títulos de propiedad que beneficiaron a los propietarios seringalistas, la mayoría de los cuales contaba con población Ticuna, no en condiciones de “seringueiros”, sino de “fregueses”, es decir, como clientes fieles del “barracão” a donde los Ticuna acudían para intercambiar sus productos por  mercadurias , sistema que el autor há denominado como “modelo caboclo de seringal” (Ibid. 79). Este se diferencia del “modelo de apogeu”, característico de otras regiones de la Amazonia brasilera, fundamentado en la utilización de mano de obra nordestina y en la explotación itinerante de seringa, buscando las áreas de mayor productividad.

                De otro lado, se puede constatar que a inicios de la década del 60 todavía estaba vigente la explotación de “seringa” en esta región, según las investigaciones de Roberto Cardoso de Oliveira (1996), quien al respecto señala que:

Nessas áreas [márgenes del río Solimões], a maior empresa ainda é o seringal, se bem que hoje menos produtivo que os seus similares do Itacoaí, do Quixito, do Ituí, do Curuçá e rios menores da bacia do Javari. Mas no que concerne ao uso da maõ-de-obra indígena, na região do Solimões, muitas das empresas seringalistas se acham assentadas sobre o trabalho da população Tukuna, que se estende da fronteira (Benjamin Constant) até a foz do Içá [Putumayo], tendo suas maiores concentrações nos igarapés Mariuaçú, Tacana, Belém, São Jerônimo e em Santa Rita do Weil. Embora essas empresas seringalistas venham sendo paulatinamente descaracterizadas, na proporção em que a extração do látex vai-se tornando menos lucrativa, o sistema do seringal ainda é predominante (Cardoso de Oliveira 1996:63).

                En el alto Solimões, el llamado “régimen de barracão” se fundamentó en el uso de mano de obra indígena, específicamente Ticuna, quienes pasaban a depender de los “patrões” (propietarios del siringal) en lo referente a la consecución de productos de primera necesidad, a cambio de los cuales el indígena era obligado a trabajar en la extracción del látex o en el menor de los casos, a cambiar sus productos agrícolas, cotizados a precios mucho menores de los que realmente tenían en el mercado regional, en el “barracão” del patrón.. De esta manera se genera un sistema de dependencia obligatoria conocido en Colombia con el nombre de “endeude”[18], estrategia que perpetuaba la dependencia económica de los indígenas.

                La constante presión de los empresarios blancos en busca de territorios donde realizar actividades extractivas de seringa y posteriormente de maderas, se ha constituido en un serio problema que deben enfrentar los indígenas Ticuna de este lado de la frontera. Los posteriores conflictos por la tierra, que se evidencian con mayor intensidad en el Brasil, tienen su origen en esta situación de “fricción interétnica”, en términos de Roberto Cardoso de Oliveira (1996: 174), debido a los aspectos competitivos y conflictivos que caracterizaron las relaciones entre los Ticuna y los empresarios seringalistas.

1.2.3.     La consolidación de las fronteras nacionales y el conflicto colombo-peruano

                El proceso de consolidación de las fronteras nacionales sólo vino a concretizarse en la década del 30, a raíz del desarrollo de un conflicto fronterizo denominado por los colombianos “conflicto colombo-peruano” o “guerra con el Perú”, y “conflicto de Leticia”, por parte de los peruanos.

                Este conflicto tuvo sus orígenes en los comienzos del período republicano, cuando el territorio del Putumayo-Caquetá, como se denominaba a la región amazónica en Colombia, venía siendo objeto de disputas diplomáticas con el Perú, por los derechos de posesión. No obstante, fueron las posteriores dinámicas de ocupación del territorio amazónico generadas a partir del auge de la explotación cauchera, las que condujeron al estallido de este conflicto fronterizo.

                El convenio de Girón de 1829 reconocía como límites entre Perú y Colombia aquellos existentes entre el virreynato del Perú y el de la Nueva Granada en 1810, es decir, se reconocía el dominio de Colombia sobre el territorio Putumayo-Caquetá, así como también el derecho de Colombia sobre el río Amazonas. Sin embargo, Perú desconoció el convenio argumentando su no aprobación ante el congreso (Torres 1994: 94). Ante estas circunstancias, durante el siglo XIX, la situación limítrofe entre estos dos países continuó indefinida.

                Esta situación se agravó debido a que, en contraste con el Perú y el Brasil, el Estado colombiano no ejerció presencia efectiva en la frontera, facilitando que la región que más tarde Colombia reclamaría como suya fuera controlada por los propietarios de las grandes empresas caucheras de origen peruano y brasilero, y sólo a comienzos del siglo XX por parte de caucheros colombianos, cuando en 1905 el entonces presidente de Colombia Rafael Reyes otorgó a la “Sociedad Cano, Cuello y Compañía”, los derechos exclusivos de explotación de la selva en una amplia región en el territorio Putumayo-Caquetá, a cambio de que la compañía estableciera la navegación a vapor por dichos ríos, mejorara las pocas vías de acceso al Caquetá y “civilizara a los indios”, al mismo tiempo que le correspondía impedir su trata. Esta compañía colombiana más tarde traspasó sus derechos a la conocida Casa Arana, con lo cual se dio vía libre al acceso de caucheros peruanos en territorio colombiano (Gómez 1992; Torres 1994).

                A nivel de las negociaciones diplomáticas, tanto Colombia como Perú intentaron resolver sus problemas fronterizos con Brasil de manera unilateral. Colombia firmó un primer acuerdo fronterizo con Brasil en 1907. Lo mismo hizo el Perú en 1909 cuando cedió derechos al Brasil en una extensión de 420.000 kms2  (Torres 1994:97). El tratado Lozano-Salomón, firmado en 1922, definió la frontera entre Colombia y Perú, sin embargo, sólo fue ratificado en 1930 cuando se hizo la entrega de los territorios correspondientes a cada país. Frente a este tratado, Brasil consideró que sus derechos no quedaban protegidos, a raiz de lo cual en 1928 se firma finalmente el tratado García Ortíz – Mangabeira, en el que se reconoce como límites entre Brasil y Colombia la llamada línea Apaporis–Tabatinga, dando además derechos perpetuos a Colombia a la libre navegación por los ríos Putumayo/Içá, Caquetá/Japurá y Amazonas, con sus respectivos afluentes (Ibid. 97-98).

                Después de la entrega de los territorios, en 1930 el Estado colombiano inicia actividades orientadas a sentar presencia militar y cívica en la región fronteriza, hacia donde emprende la llamada “colonización militar” cuyos objetivos tendían a la organización administrativa de la región amazónica y al inicio de la “colombianización” de la población indígena asentada en esta zona. La expedición que inició la “colonización militar” tomó como sede administrativa la población de Leticia, que fue entregada por el Perú al gobierno colombiano, según lo acordado en el tratado  Lozano – Salomón.

                La “toma” (desde la visión de los colombianos) o “recuperación” (desde el punto de vista peruano) de Leticia por parte del ejército peruano, en septiembre de 1932, fue el hecho que ocasionó el despliegue militar de ambos países hacia esta región fronteriza, desencadenando el estallido de un conflicto bélico internacional.

                Para lograr la pacificación definitiva del área de conflicto fue necesaria la creación de la llamada “Comisión Mixta”, cuyo presidente fue el destacado indigenista brasilero Cándido Mariano da Silva Rondon, quien permaneció en Leticia hasta 1938 cuando se firma un acuerdo de paz entre los países en conflicto. Un año después, Rondon asume la presidencia del “Conselho Nacional de Proteção aos Indios -SPI ”, siendo el encargado de reorientar la politica indigenista brasilera (Ribeiro 1958: 44-47).

                Pero independientemente de los pormenores del conflicto colombo-peruano, lo cierto es que éste afectó a los Ticuna establecidos en el Trapecio Amazónico, el territorio de disputa. Una vez más la población Ticuna se vio involuntariamente desplazada de su territorio, debiendo migrar hacia el Brasil con el fin de alejarse del “campo de batalla” y de las presiones de que fueron objeto por parte de los ejércitos de cada país, quienes los obligaban a realizar tareas en su favor, cuando no a incorporarse a sus filas.

                El conflicto colombo-peruano es un acontecimiento que está presente en la memoria de los abuelos Ticuna. Ellos se expresan así:

...en el tiempo del conflicto de Leticia mi familia tuvo que venirse al Brasil, porque los soldados peruanos los obligaban a llevarlos hasta el [rio] Putumayo y no les pagaban nada...Yo tenía unos 5 o 6 años, y me acuerdo que salimos con mis papás y mis hermanos, de noche, en una balsa...así bajamos por el río hasta el Brasil.. Casi toda la gente se mandó pa’l Brasil.. .Llegamos al Brasil y nos quedamos en la isla Arariá... En ese tiempo no habían pueblos. Tabatinga y Leticia eran cuarteles de los soldados, no es como ahora que hay pueblos grandes... Antes, todas las casas estaban lejo,lejo...(Entrevista con Augusto Pérez, Porto Cordeirinho (Brasil), marzo de 1999).

                Esta narrativa muestra cómo ante una nueva situación de confrontación, esta vez entre naciones vecinas, los Ticuna optaron por no involucrarse en el conflicto, quizá por tratarse de una guerra que no les pertenecía, pero que sin embargo les afectó por desarrollarse en su territorio. Una vez más la estrategia utilizada por los Ticuna para ponerse a salvo del conflicto fue abandonar la zona de confrontación y buscar refugio en una región próxima, fuera del campo de batalla, que en este caso fue el Brasil, aunque no se descarta que también se hayan internado en la región interfluvial.

                El conflicto colombo-peruano está presente en la memoria colectiva de los Ticuna y ha pasado a formar parte de la historia de este pueblo, la cual se ha ido transmitiendo de generación en generación, reactualizándose y cobrando sentidos en el presente. Sin embargo, no llegó a motivar sentimientos nacionalistas entre los Ticuna, lo cual si se puede observar entre la población blanca y mestiza de las ciudades de Leticia (Colombia) y Caballo-cocha (Perú) donde aún hoy se conmemora el 1 de septiembre, fecha de la toma de Leticia, como día patrio. Entre la población blanca y mestiza, el conflicto colombo-peruano suscitó fuertes expresiones de nacionalismo que fueron efectivas para generar sentimientos de “unión” entre la población de cada nación, a la vez que se desataron expresiones de chovinismo contra el “enemigo externo”, las cuales todavía tienen eco en la actualidad. 

                Analizar el proceso historico-cultural que desembocó en la definición de las actuales fronteras nacionales entre Brasil, Colombia y Perú, permite concluir que este proceso se fundamentó en las dinámicas de avances y repliegues de poblaciones política y socio-culturalmente diferenciadas sobre un espacio territorial de interés mutuo, el cual venía siendo ocupado por los Ticuna y otros grupos indígenas, desde épocas precoloniales. En este sentido, los procesos de formación de fronteras se fundamentan en las dinámicas de contacto interétnico en las que los actores (grupos étnicos, naciones, Estados) generan prácticas sociales y simbólicas en pos de los intereses de la colectividad a que pertenecen. Las fronteras constituyen escenarios sociales donde se gestan y se hacen visibles las identidades socio-culturales, como expresiones ideológicas y emotivas de pertenencia a una colectividad. Al mismo tiempo esto supone un enorme potencial para las confrontaciones y el ejercicio de la violencia física y/o simbólica.

                Por haberse desarrollado en el territorio ocupado entre otros pueblos por los Ticuna, el proceso de formación de fronteras sin duda alguna impactó a esta población en diversos sentidos: 1- generó desplazamientos forzosos de población a raiz del establecimiento de pueblos de misión, en donde los indígenas eran obligados a permanecer con el fin de que el misionero pudiera impartir la doctrina cristiana al mismo tiempo que garantizaba la permencia cercana de mano de obra. 2- los Ticuna también fueron objeto del tráfico de esclavos hacia el Pará implantado por los portugueses. 3- Se vieron en medio de un campo de batalla entre españoles y portugueses quienes se disputaban, además del territorio, el derecho a su posesión. 4- A raiz de la consolidación de las fronteras nacionales los Ticuna se vieron abocados a los procesos de “colombianización”, “brasilerización” y “peruanización”, promovidos por las políticas de estos respectivos Estados nacionales, con lo cual se inician los intentos por establecer divisiones identitarias fundamentadas en ideologías nacionalistas, sobre una población étnicamente homogénea.  

                Sin embargo, la respuesta Ticuna ante estas situaciones que colocaban en peligro su integridad física y socio-cultural, se consolidó en lo que he denominado exo-invisibilización, como estrategia de resistencia fundamentada en las tácticas de auto-aislamiento (retiradas masivas hacia el interior de la selva), en los intentos por colocarse a salvo de las prácticas de sometimiento ya sean pacíficas o violentas de los españoles y portugueses y posteriormente de los diferentes sectores que conforman la sociedad nacional. Esta estrategia de resistencia ha sido recurrente en el comportamiento de los Ticuna en diferentes momentos de la historia de sus relaciones interétnicas y del proceso de formación de fronteras: con otros grupos indígenas, frente a los misioneros españoles y los militares y misioneros portugueses, frente a los empresarios caucheros, en la época del conflicto colombo-peruano, lo cual induce a considerar que en buena medida esta estrategia ha permitido a los Ticuna permanecer en su territorio ancestral, multiplicarse biológicamente y afirmarse en su identidad.

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NOTAS:
 

[11]  Según fuentes del siglo XVI, se hace referencia al Cacicazgo de Aparia, que se extendía desde el Bajo Napo en el Ecuador, hasta la región de São Paulo de Olivença (Brasil). Porro (1996) arguye que este cacicazgo correspodía a la población Omagua, quienes fueron llamados por los portugueses como Cambeba, por su costumbre de deformarse el cráneo (Porro 1996: 29 y 48-49). 

[12] La lengua Geral, también conocida como “nheengatu”, pertenece a la familia linguística Tupi-guarani,  y  fue  utilizada como lengua franca por los misioneros portugueses para catequisar a los pueblos indígenas. En la región del Alto Amazonas el uso de la lengua Geral comenzó a declinar hacia la segunda mitad del siglo XVIII, debido a la llegada de contigentes de población del interior de Brasil (nordestinos), que hablaban portugués (Grenand y Ferreira 1989).

[13] El tratado de Tordesillas firmado en 1494, se fundamentó en el trazado de una línea imaginária a una distancia de 22 grados y un tercio al occidente de las islas de CaboVerde. De esta manera se estipula que todos los descubrimientos y conquistas al occidente de esta línea pertenecerían a la Corona española, en tanto que las conquistas hacia el oriente de la misma, quedarían en manos de los reyes de Portugal.

[14] Para Fritz, el río de Vicente Pinzón era la desembocadura del río Tocantins, la cual forma gran parte de la costa sudeste de la isla de Marajó (Nota de pié de página en Maroni 1988:334).

[15]  Entre estas leyes pombalinas se destacan las siguientes: 1- la creación de la Capitanía de São Jose do Rio Negro, en 1757. 2- promovió la integración racial entre portugueses e indios. 3- la creación del Directorio de indios en 1755, que concedía libertad de los indígenas y estipulaba que las aldeas podrían ser gobernadas por un director o por un jefe indígena, lo cual iba en contra de los intereses de los jesuítas portugueses (Souto Loureiro 1978: 110-1). En 1758 se promulgó una ley que impedía el uso de la lengua Geral y todas las lenguas  indígenas (Grenand y Ferreira 1989). Las leyes pombalinas se constituyeron en la base de las políticas indigenistas coloniales en el Brasil.

[16] João Wilkens de Mattos fue secretario de gobierno de la nueva provincia de Amazonas, cuando se desmembró del Pará en 1852. Posteriormente fue comisionado como cónsul del Brasil en Nauta (Perú). Su obra “ Dicionário topografico do Departamento de Loreto, na república do Perú”, publicada en 1874, se basa en las experiencias de su estadía en la Amazonia peruana, durante casi veinte años.

[17] Existe una amplia bibliografía que ilustra el impacto de la extración del caucho sobre los pueblos indígenas del medio Putumayo y sus afluentes, región de influencia de la Casa Arana, cuyo régimen esclavista produjo el extermio físico de gran parte de la población  Huitoto, Bora, Ocaina y Andoque. Ver Pineda Camacho (1986), Taussig (1993);  Gómez et al (1992) .

[18] El “endeude” es el sistema mediante el cual los patrones o dueños de los siringales mantuvieron controlada a la población indígena. Consistía en que el patrón daba un “adelanto” en especies (alimentos, ropas, herramientas) a los indígenas, las cuales eran cotizadas a altos precios en el “barracão” o tienda del siringalista. Los indígenas eran obligados a pagar esta deuda con el caucho por ellos recolectado, el cual era cotizado a bajos precios, viéndose el indígena obligado a continuar trabajando para tratar de cancelar  una deuda que cada vez se incrementaba más.

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Última actualización de esta página: Sábado, 19 de Noviembre de 2005